Page 33 - Matilda
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—¡Ve, pues, y atrápalos, Harry! —susurró la madre—. ¡Píllalos con las
manos en la masa!
El padre no se movió. Al parecer no tenía ninguna prisa por salir y
convertirse en un héroe. Su rostro se había vuelto gris.
—¡Vamos, hazlo! —siseó apremiante la madre—. ¡Probablemente estén
buscando la plata!
El marido se secó nerviosamente los labios con su servilleta.
—¿Por qué no vamos todos y miramos? —propuso.
—Vamos entonces —dijo el hermano—. Vamos, mamá.
—No hay duda de que están en el comedor —susurró Matilda—. Estoy
segura de que están allí.
La madre agarró un atizador del fuego. El padre, un palo de golf que había en
un rincón. El hermano asió una lámpara de mesa, arrancando la clavija del
enchufe. Matilda empuñó el cuchillo con el que estaba comiendo y los cuatro se
dirigieron a la puerta del comedor, manteniéndose el padre bien detrás de los
otros.
—¡Hola, hola, hola! —dijo otra vez la voz.
—¡Vamos! —gritó Matilda, e irrumpió en la habitación blandiendo el cuchillo
—. ¡Manos arriba! —gritó—. ¡Os hemos pillado!
Los otros la siguieron, agitando sus armas. Luego se detuvieron. Miraron a su
alrededor. Allí no había nadie.
—Aquí no hay nadie —dijo el padre, con gran alivio.
—¡Yo lo oí, Harry! —chilló la madre, que aún temblaba—. Está aquí, en
alguna parte —añadió, y empezó a buscar detrás del sofá y de las cortinas.
En ese momento volvió a oírse la voz, ahora suave y fantasmal.
—¡No fastidies! —dijo—. ¡No fastidies!
Dieron un brinco, sobresaltados, incluso Matilda, que era una buena actriz.
Miraron a su alrededor. No había nadie.