Page 37 - Matilda
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—Por novecientas noventa y nueve libras y cincuenta peniques —dijo el
padre—. Y, a propósito, ése es otro de mis estupendos trucos para engañar al
cliente. No digas nunca una cifra redonda. Siempre un poco por debajo. No digas
jamás mil libras. Di novecientas noventa y nueve cincuenta. Parece mucho
menos, pero no lo es. Inteligente, ¿no?
—Mucho —dijo el hijo—. Eres muy listo, papá.
—El coche número cuatro costó ochenta y seis libras, era una ruina, y se
vendió por seiscientas noventa y nueve libras con cincuenta.
—No vayas tan rápido —dijo el hijo, anotando las cifras—. Ya, ya está.
—El coche número cinco costó seiscientas treinta y siete libras y se vendió
por mil seiscientas cuarenta y nueve con cincuenta. ¿Has anotado todas esas
cifras, hijo?
—Sí, papá —respondió el chico, encorvado sobre el bloc mientras escribía
cuidadosamente.
—Muy bien —dijo el padre—. Ahora calcula lo que he ganado con cada uno
de los coches y suma el total. Así sabrás cuánto dinero ha ganado hoy tu
inteligente padre.
—Son muchas sumas —objetó el chico.
—Claro que son muchas sumas —dijo el padre—. Pero cuando se está en un
gran negocio, como lo estoy yo, tienes que ser un lince en aritmética. A mí me
llevó menos de diez minutos calcularlo.
—¿Quieres decir que lo calculaste mentalmente, papá? —preguntó el hijo con
ojos de asombro.
—Bueno, no exactamente —dijo el padre—. Nadie podría hacerlo. Pero no
me llevó mucho tiempo. Cuando termines, dime cuáles son mis ganancias del
día. Yo tengo el total apuntado aquí y ya te diré si estás en lo cierto.
Matilda dijo pausadamente: