Page 19 - El cazador de sueños
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Mira el reloj de la pared. A él también se le ha acelerado el tiempo. Bienvenido el
           cambio. Mira a la pelirroja.
               —O sea que primero ha entrado aquí. Por las aspirinas.

               —Exacto. He comprado un frasco de Anacin. Luego, como me sobraba tiempo…
               —Ya,  ya  lo  sé:  se  ha  tomado  un  café  al  lado,  en  Christie's,  y  luego  ha  ido
           enfrente, a Renny's.

               —Sí.
               —¡No se habrá tomado la aspirina con café caliente! —No, tenía una botella de
           agua en el coche. —La pelirroja señala un Taurus verde por la ventana—. Es con lo

           que me la he tomado. Pero en el asiento también he buscado, señor… Pete. Y he
           mirado si estaban puestas.
               Le  mira  con  impaciencia,  como  diciendo:  Ya  sé  qué  piensas,  que  ésta  es  una

           histérica.
               —Otra  pregunta,  la  última  —dice  él—.  Si  encuentro  las  llaves,  ¿acepta  que

           salgamos a cenar? Podríamos quedar en el West Wharf, que está en la carretera entre
           aquí y…
               —Ya, ya lo conozco —dice ella, que a pesar de los nervios se muestra divertida.
           Cathy, la dependienta, ya no finge leer la revista. Esto es mucho más interesante—.

           Oiga, y ¿cómo sabe que no estoy casada o que no tengo novio?
               —Porque  no  lleva  anillo  —se  apresura  él  a  contestar,  pese  a  no  haber  tenido

           ocasión  de  mirarle  las  manos,  al  menos  de  cerca—.  Y  que  no  hablaba  de
           prometernos, ¿eh? Nos comemos unas almejitas, ensalada de col, pastel de fresa, y
           tan contentos.
               Ella mira el reloj.

               —Pete…  señor  Moore…  Perdone,  pero  ahora  mismo  no  me  apetece  ligar.  Si
           quiere llevarme, tendré mucho gusto en que cenemos juntos, pero…

               —No pido nada más —dice él—, aunque intuyo que irá a la cita en su propio
           coche. Quedamos en el restaurante. ¿Le va bien a las cinco y media?
               —Sí, perfecto, pero…
               —Hecho.

               Pete está contento. Es agradable estar contento. Los últimos dos años no han sido
           el colmo de la alegría. ¿Por qué? A saber. ¿Demasiadas noches yendo de bar en bar

           por la 302 y volviendo a las quinientas con la sensación de haber perdido el tiempo?
           Sí,  pero  algo  más  tiene  que  haber.  ¿O  no?  En  todo  caso,  no  es  el  momento  de
           meditarlo. La pelirroja tiene una cita. Si llega a tiempo y vende la casa, Pete Moore

           quizá tenga suerte. Y, aunque no la tenga, seguro que puede ayudarla. Lo nota.
               —Ahora voy a hacer algo un poco raro —dice—, pero no se ponga nerviosa, ¿eh?
           Sólo  es  un  truquito  cualquiera,  como  ponerse  el  dedo  debajo  de  la  nariz  para  no

           estornudar, o darse golpes en la frente para acordarse de un nombre. ¿De acuerdo?




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