Page 23 - Alejandro Casona
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ISABEL y BALBOA

                  BALBOA.
                  Es inútil. Ni secta, ni logia, ni mafia. Pero entonces ¿qué? ¡Una luz,
                  Señor, una luz!
                  ISABEL.—(Se acerca con un temblor de emoción en la voz.)  ¿No
                  estaremos soñando?

                  BALBOA.
                  ¿Los dos al mismo tiempo?

                  ISABEL.
                  Sin embargo, este mundo arbitrario, esta confusión de trajes y
                  personajes, sólo puede producirse en sueños.

                  BALBOA.—(Enjugándose la frente, vencido.)
                  Yo no entiendo ya nada de nada. Si en este momento se abre esa
                  puerta y entra Napoleón a preguntarme qué hora es... ni frío ni calor.

                  ISABEL.—(Obsesionada.)
                  Napoleón... Napoleón... Nap... (Con una sospecha repentina se lleva
                  la mano a los labios ahogando un grito.) ¡Ya está!

                  BALBOA.
                  ¿Qué está?

                  ISABEL.
                  ¿Pero cómo no se me ocurrió antes? ¡Si no podía ser otra cosa!

                  BALBOA.
                  ¿Qué cosa? ¡Hable de una vez!

                  ISABEL.—(Aferrándole de un brazo.)
                  ¿No ha oído contar el caso de aquel sanatorio donde un día se
                  sublevaron todos los locos, ataron a los enfermeros y ocuparon sus
                  puestos?

                  BALBOA.—(Se levanta estremecido.)
                  ¿No...?

                  ISABEL.
                  ¡Aquí lo tenemos otra vez! ¡Hemos caído en una pandilla de locos
                  sueltos!  (Se oye dentro una algarabía de perros aullando, una
                  verdadera       jauría.)     ¡Los    perros...!     ¡¡Los     cincuenta      perros
                  hambrientos!!  (Corre aterrada a secretaría y encuentra la puerta
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