Page 29 - El Mártir de las Catacumbas
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permanente morada que hace su templo el cuerpo del creyente, y de su maravilloso ministerio de
glorificar a Cristo y de revelarle a los pecadores arrepentidos.
Empero él no terminó allí, sino que procuró traer la paz al alma de Marcelo, leyéndole las
palabras de Jesús invitando al pecador a venir a El, y asegurándole la vida eterna como posesión
real y presente en el momento en que se le acepta como Señor y Salvador. Leyó también sobre
"el nuevo nacimiento," la nueva vida, y la promesa de Jesús de volver otra vez para recoger a
todos aquellos que han sido lavados con su sangre para encontrarse con El en las alturas.
-Es la palabra de Dios exclamó Marcel-. Es la voz desde los cielos. Mi corazón responde
y acepta todo lo que he oído. ¡Y yo sé que es la verdad eterna! Pero ¿cómo puedo yo venir a ser
poseedor de esta salvación? Mis ojos parecen haber sido alumbrados y está despejada toda nube.
Al fin me conozco. Antes yo creía que era un hombre justo y recto. Pero al lado del Santo, de
que he aprendido tanto, yo quedo hundido en el polvo; veo que ante El yo soy un criminal,
convicto y perdido. ¿Cómo puedo ser salvo?
-Cristo Jesús vino al mundo a buscar y salvar lo que se había perdido.
-¿Y cómo puedo yo recibirlo?
-La palabra está cercana, aun en tu boca y en tu corazón: es decir, la palabra de fe que
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nosotros predicamos, que si tú confesares con tu boca a Señor Jesús, y creyeres en tu corazón
que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, y con
la boca se hace confesión para salvación.
-¿Pero no hay nada que yo deba hacer?
-Por gracia sois salvos por la fe; y esa salvación no es de vosotros sino que es don de
Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. La paga del pecado es muerte; mas la dádiva de
Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.
-Pero, ¿ no hay sacrificio que yo tenga que ofrecer?
-El ha ofrecido un sacrificio por el pecado por siempre, y ahora está sentado a la diestra
de Dios, y puede salvar para siempre a todos los que vienen a Dios por El, siendo que siempre
vive e intercede por ellos.
-Ah, luego si yo me puedo acercar a El, ¡enséñame las palabras, condúceme ante El!
En la oscuridad de la helada bóveda, en la soledad del solemne silencio, Honorio se
arrodilló, y Marcelo se inclinó al lado de él. El venerable cristiano elevó su voz en oración.
Marcelo sintió que su propia alma estaba siendo elevada al cielo en esos momentos, a la
presencia misma del Salvador, por la virtud de aquella ferviente oración de fe viva. Las palabras
hacían eco en su propia alma y espíritu; y en su profundo abatimiento él dejó su necesidad en
manos de su compañero, para que él la presentara de la manera más propia que él mismo podría
hacerlo. Pero finalmente sus propios deseos de orar crecieron. La fe le alcanzó, y con temor y
temblor, empero con fe real, su alma fue fortalecida, hasta que finalmente Honorio terminó, y su
lengua se soltó y elevó el clamor de su corazón: -Señor, creo, ¡ayuda Tú mi incredulidad!
Aquel único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, había venido a ser
real por la fe; y las palabras de Jesús: "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree
al que me ha enviado, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación (juicio), mas pasó de muerte