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No había dolor... pero sí una horrible sensación de drenaje. Aullando, girando
                sobre sí, golpeándose la cabeza y el cuello con las manos llenas de sanguijuelas,
                Patrick Hockstetter pensaba: "esto no es real, sólo un mal sueño, no te preocupes,
                no es real, nada es real..."
                   Pero la sangre que brotaba de las sanguijuelas reventadas parecía muy real,
                igual que el zumbido de sus alas... y su propio terror.
                   Una de ellas se metió debajo de, su camisa y se le adhirió al pecho. Mientras le
                pegaba frenéticamente, observando la mancha de sangre que se esparcía sobre
                ese lugar, otra cayó en su ojo derecho. Patrick lo cerró, pero no sirvió de nada:
                sintió el breve ardor al hundirse la trompa en su párpado para chuparle el fluido del
                globo ocular. Patrick sintió que el ojo se contraía dentro de la cuenca. Aulló otra
                vez. Una sanguijuela aprovechó para entrar en su boca y anidar en su lengua.
                   Todo era bastante indoloro.
                   Patrick avanzó a tropezones y agitando los brazos por el sendero que llevaba al
                depósito de coches viejos. Los parásitos le colgaban de todo el cuerpo. Algunos
                chuparon hasta llenarse y reventaron como globos. Cuando eso ocurría, bañaban
                a Patrick con un chorro de su propia sangre. La sanguijuela que tenía en la boca
                se iba hinchando; abrió las mandibulas, pues su único pensamiento coherente era
                que no debía reventar allí.
                   Pero reventó allí. Patrick despidió un chorro de sangre y carne de parásito como
                si fuera un vómito. Cayó en la mezcla de polvo y grava y rodó sobre sí, gritando.
                Poco a poco, el ruido de sus propios aullidos se fue borrando, como si se alejase.
                   Un momento antes de perder el sentido, vio que una silueta salía desde atrás del
                último coche abandonado. Al principio, Patrick pensó que era un hombre, tal vez
                Mandy Fazio. Estaba salvado. Pero al acercarse la silueta, vio que su cara era
                como cera derretida. A veces empezaba a endurecerse y se parecía a algo -o a
                alguien-, pero enseguida volvía a desdibujarse, como si no lograse decidir quién o
                qué deseaba ser.
                   --Hola y adiós -dijo una voz burbujeante, por debajo del sebo derretido de sus
                facciones. Patrick trató de aullar otra vez. No quería morir. Por ser la única
                persona "real", no podía morir. Si moría, todos los habitantes del mundo morirían
                con él.
                   La forma humana se apoderó de sus brazos, incrustados de sanguijuelas, y
                empezó a arrastrarlo hacia Los Barrens. La mochila llena de libros, manchada de
                sangre, iba dando tumbos tras él, aún enredada a su cuello. Patric, que seguía
                tratando de gritar, perdió la conciencia.
                   Despertó sólo una vez: cuando, en algún infierno oscuro, maloliente, mojado,
                donde no brillaba luz alguna, ni un solo rayo de luz, "Eso" empezó a alimentarse.



                   6.

                   En un principio, Beverly no comprendió lo que estaba viendo ni qué pasaba.
                Sólo sabía que Patrick Hockstetter había empezado a debatirse, a bailar, a dar
                gritos. Se levantó con cautela, sosteniendo el tirachinas en una mano y dos
                municiones en la otra. La voz de Patrick seguía oyéndose por el camino, chillando
                a todo pulmón. En ese momento Beverly fue la encantadora mujer en que se
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