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Pero, atención, el sistema electoral interactúa siempre con el sistema de partidos y más
exactamente con su fuerza organizativa (cfi Sartori, 1996, págs. 51-60).
Estados Unidos e Inglaterra tienen el mismo sistema electoral: el sistema uninominal, de
una sola vuelta. Pero la incidencia de la vídeo-política es fortísima en las votaciones
americanas y más moderada en las inglesas. La razón es, repito, que el sistema de
partidos es débil, debilísimo, en América, mientras que sigue estando fuerte,
fuertemente estructurado en el Reino Unido.
El sistema electoral y el sistema de partidos son, pues, variables importantes en lo que
concierne al hecho de favorecer u obstaculizar la personalización de la política.
También lo es el sistema político, en cuanto a la diferencia entre sistemas presidenciales
y sistemas parlamentarios. En los sistemas presidenciales el jefe del Estado es
designado por una elección popular directa. Y, por consiguiente, en estos sistemas la
personalización de la política es máxima. Y lo es especialmente en Estados Unidos,
donde la fuerza de la televisión es asimismo máxima.
Los comentaristas americanos caracterizan sus elecciones presidenciales como una
horse race, una carrera de caballos, y la cobertura televisiva de esta carrera es como un
game reporting, una retransmisión deportiva. Paso la palabra a T. E. Patterson (1982,
pág. 30): «Antes, los candidatos formaban a su público de seguidores mediante
reclamos sustantivos de contenido. Ahora se tienen que enfrentar a la dinámica de cómo
se retransmite unjuego»; y esto es porque el reportaje está, a la vez, «dominado por el
reportero» y game centered, centrado en el juego. La cuestión es que la carrera
presidencial se convierte en un espectáculo (incluida también en el show business) en el
que el espectáculo es lo esencial, y la información es un residuo.
El último punto es éste: que la vídeo-política tiende a destruir —unas veces más,
otras menos— el partido, o por lo menos el partido organizado de masas que en Europa
ha dominado la escena durante casi un siglo. No se trata sólo de que la televisión sea un
instrumento de y para candidatos antes que un medio de y para partidos; sino que
además el rastreo de votos ya no requiere una organización capilar de sedes y activistas.
Berlusconi ha conseguido una cuarta parte de los votos italianos sin ningún partido
organizado a sus espaldas (pero con las espaldas bien cubiertas por su propio imperio
televisivo). El caso del presidente Collor, en Brasil, es parecido: un partiducho
improvisado sobre dos pies, pero con un fuerte apoyo televisivo. En Estados Unidos,
Ross Perot, en las elecciones presidenciales de 1993, llegó a obtener una quinta parte de
los votos haciéndolo todo él solo, con su dinero, simplemente con los talk-showsy
pagando sus presentaciones televisivas. No preveo que los partidos desaparezcan. Pero
la video-política reduce el peso y la esencialidad de los parti dos y, por eso mismo, les
obliga a transformarse. El llamado «partido de peso» ya no es indispensable; el «partido
ligero» es suficiente.