Page 44 - HOMO_VIDENS
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Como ya he recordado, la cámara de televisión no llega a la mitad del mundo, lo que
                  significa que existe un mundo oscurecido y que la televisión incluso consigue que nos
                  olvidemos  de  él.  Otro  gran  factor  limitador  es  el  coste.  Al  periódico  que  recibe  sus
                  noticias  de  una  agencia,  saber  lo  que  sucede  en  el  mundo  no  le  cuesta  nada  o,  en
                  cualquier caso, poquísimo, pero desplazar a una troupe televisiva cuesta muchísimo.


                     Por este criterio, noventa y nueve de cada cien acontecimientos no se nos muestran.
                  Un criterio del que entiendo la fuerza contable, pero que maximiza la precariedad y la
                  arbitrariedad de las informaciones que de ello resultan. A fin de cuentas, la televisión
                  «global» está de diez a veinte veces más ausente en lo que se refiere a la cobertura del
                  mundo que el periódico. Ysi es verdad que la imagen abre una ventana hacia el mundo,
                  algo que la descripción escrita no puede igualar (en eficacia), es asimismo cierto que la
                  decisión sobre las ventanas que se deben abrir está al margen de todo criterio.

                     Por otra parte, «cualquier lugar del mundo» no tiene sólo un valor de hecho, tiene
                  además un valor potencial y psicológico. El ciudadano global, el ciudadano del mundo,
                  «se  siente»  de  cualquier  lugar  y,  así  pues,  está  dispuesto  a  abrazar  causas  de  toda
                  naturaleza y de todas partes. En No Sense of Place, Joshua Meyrowitz (1985) plantea
                  este tema con minuciosidad. Según él, nuestra proyección hacia el mundo nos deja «sin
                  sentido de lugar». Para Meyrowitz, la televisión fusiona «comunidades distintas» y de
                  este  modo  «hace  de  cualquier  causa  o  cuestión  un  objeto  válido  de  interés  y  de
                  preocupación  para  cualquier  persona  del  mundo».  De  hecho,  ya  no  hay  causa,  por
                  descabellada que sea, que no pueda apasionar e implicar a personas del mundo entero. A
                  principios  de  1997,  América  se  movilizó  para  salvar  a  un  perro  labrador  (llamado
                  Prince)  de  la  «ejecución»  por  inección.  El  propietario  propuso  su  deportación,  y  el
                  veterinario (que se sentía «verdugo») se negó a «ajusticiar- lo». En 1988 vimos, durante
                  varios  días,  a  dos  ballenas  aprisionadas  por  los  hielos,  salvadas  metro  a  metro  por
                  sierras  eléctricas,  después  por  helicópteros  y,  finalmente,  por  un  rompehielos;  en
                  definitiva, es la típica creación televisiva de un acontecimiento. Y como las cuestiones
                  extrañas son noticia, nos vemos implicados en grupos que reivindican los derechos (esta
                  vez realmente «naturales») de los animales, la prohibición de desnudarse (incluso para
                  las estatuas) y, por qué no, el regreso del mosquito por el bien del equilibrio ecológico.
                  ¿Responsabilidad o extravagancia? Se puede objetar que la televisión no globaliza sólo
                  las extravagancias. La trágica muerte de lady Diana, en la flor de la juventud y de la
                  belleza, ha conmovido y unido en el dolor a dos mil millones de espectadores de todo el
                  mundo;  lo  que  nos  enfrenta  a  un  «acontecimiento  mediático»  que  apela  a  una
                  sensibilidad humana común. Sí; pero me asusta lo desproporcionado del caso (incluida
                  la  proporción  de  verdad);  es  un  acontecimiento  montado  por  los  medios  de
                  comunicación, y que sólo por ello entrará en la historia. Sea como fuere, y volviendo al
                  hilo  de  mi  discurso,  la  cuestión  es  que  —en  la  noción  de  aldea  global—  «cualquier
                  lugar del mundo» y «mi tierra», ser un apátrida o un paisano, el mundo o la aldea, se
                  amalgaman entre sí. Antes de aventurar una respuesta desplacemos la atención hacia la
                  aldea.
                     Mi idea de la aldea de McLuhan es la siguiente: la televisión fragmenta el mundo en
                  una  miríada  de  aldeas  reduciéndolo,  a  la  vez,  aformato  aldea.  La  televisión,  decía,
                  «aldeaniza>, y no es una metáfora.
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