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Y sin embargo, es una clara evidencia que los «testimonios» que realmente son útiles
provienen sólo de las personas adiestradas en los asuntos de los que hablan. Un músico
sabe de música, un matemático de matemáticas, un poeta de poesía. un futbolista de
fútbol, y un actor de interpretación. Como ciudadanos también ellos tienen el derecho a
expresar opiniones sobre política; pero no opiniones acreditadas a las que se les debe
dar un significado o valor especial. En cambio, la vídeo-política atribuye un peso
absolutamente desproporcionado, y a menudo aplastante, a quien no representa una
«fuente autorizada», a quien no tiene ningún título de opinion maker. Esto representa un
pésimo servicio a la democracia como gobierno de opinión.
El último aspecto de la vídeo-política que trataremos aquí es que la televisión favorece
—voluntaria o involuntariamente— la emotivización de la política, es decir, una política
dirigida y reducida a episodios emocionales. He explicado ya que lo hace contando una
infinidad de historias lacrimógenas y sucesos conmovedores. Lo hace también a la
inversa, decapitando o marginando cada vez más las «cabezas que hablan», las talking
heads que razonan y discuten problemas. La cuestión es que, en general, la cultura de la
imagen creada por la primacía de lo visible es portadora de mensajes «candentes» que
agitan nuestras emociones, encienden nuestros sentimientos, excitan nuestro sentidos y,
en definitiva, nos apasionan.
Apasionarse es implicarse, hacer participar, crear sinergias «simpáticas» (en el
significado etimológico del término: smpátheia, conformidad de pat hos) . Apasionar-
se está bien cuando se hace en su momento y en su lugar, pero fuera de lugar es malo.
El saber es logos, no es pat hos, y para administrar la ciudad política es necesario el
logos. La cultura escrita no alcanza este grado de «agitación». Y aun cuando la palabra
también puede inflamar los ánimos (en la radio, por ejemplo), la palabra produce
siempre menos conmoción que la imagen. Así pues, la cultura de la imagen rompe el
delicado equili brio entre pasión y racionalidad. La racionalidad del horno sapiens está
retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y agrava
los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así los agrava.
2. LA ALDEA GLOBAL
La expresión «aldea global» la acuñó acertadamente McLuhan (1964,1968), el primer
autor y el que mejor nos hizo comprender el significado de la era televisiva. El término
es acertado, aunque ambiguo, y tal vez debe su éxito precisamente a su
ambigüedad.Comencemos por el significado de «global». La televisión tiene
potencialidades globales en el sentido que anula las distancias visuales: nos hace ver, en
tiempo real, acontecimientos de cualquier parte del mundo, ¿pero qué acontecimientos?
McLuhan consideraba que la televisión intensificaría al máximo las responsabilidades
del género humano, en el sentido de responsabilizamos de todo y en todo. Si fuera así,
«en todo» es limitadísimo, y ser responsable de todo es demasiado.