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Esto no da lugar o no debería dar lugar a que toda la política sea local. Porque en tal
caso, la colegio—dependencia ya no es un «servir a la localidad», digamos, fiológico;
sino que se convierte en un patológico servir a todos, lo que acarrea graves
consecuencias. Es cierto que se podría argumentar que la colegio-dependencia es un
incremento del demo-poder. Pero, atención, el demos en cuestión no es todo el pueblo
en su conjunto. Es, en cambio, una mezcla de «pequeños pueblos» fragmentados y
cerrados en sus pequeños horizontes locales.
Este supuesto progreso democrático transforma el parlamento en una constelación de
intereses particulares en conflicto, en un anfiteatro de representantes convertidos en
mandatarios, cuyo mandato es llevar el botín a casa. De este modo, cuanto más local se
hace la política, más desaparece la visión y la búsqueda del interés general, del bien de
la comunidad. Y así, la política se transforma en un juego nulo y también en un juego
negativo: una operación en la que todo son pérdidas.
¿Cuáles son las culpas de la televisión en el aumento del localismo? Aunque este
desarrollo depende de múltiples factores, uno de ellos, y seguramente de peso, es que la
televisión tiende a concentrarse en noticiarios locales (vid. supra, págs 82y sigs. e mfra,
págs. 117 y sigs.). Junto a la colegio-dependencia del representante he mencionado la
vídeo-dependencia. Esta vídeo-dependencia tiene numerosos aspectos; pero el más
importante me parece éste: que los políticos cada vez tienen menos relación con
acontecimientos genuinos y cada vez se relacionan más con «acontecimientos
mediáticos», es decir, acontecimientos seleccionados por la vídeo-visibilidad y que
después son agrandados o distorsionados por la cámara. Esta reacción ante los
acontecimientos mediáticos es especialmente grave en política internacional.
El presidente Reagan se lanzó a la historia del Irangate porque cada noche veía llorar en
la televisión a los padres de los rehenes. El caso de Somalia es emblemático. ¿Por que
intervenir en Somalia y no en otros países africanos que también pasan hambre, y
padecen conflictos tribales y sanguinarios por culpa de los «señores de la guerra»?
Somalia ha sido una gran battage televisiva; después, se apagaron los focos y de
Somalia no se acuerda nadie, ni nadie nos cuenta que allí todo está como antes.
Sabíamos, o deberíamos saber, que si nos enfrentamos a una organización de bandidos,
o éstos son eliminados o el enfrentamiento ha sido inútil. Pero la televisión «montó»
una intervención sólo humanitaria, para luchar contra el hambre y basta. Somalia no
podía ser más que un fracaso; un fracaso que la televisión nunca ha explicado, ni
ayudado a entender. Otro aspecto importante de la política vídeo-plasmada es no sólo
que la televisión ha llegado a ser la autoridad cognitiva más importante de los grandes
públicos (vid. supra, pág. 71), sino que al mismo tiempo atribuye un peso desconocido
y devastador a los falsos testimonios. Con la televisión las autoridades cognitivas se
convierten en divos del cine, mujeres hermosas, cantantes, futbolistas, etcétera, mientras
que el experto, la autoridad cognitiva competente (aunque no siempre sea inteligente)
pasa a ser una quantité négligeable.