Page 45 - HOMO_VIDENS
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El mundo visto en imágenes es necesariamente un mundo de primeros planos: algunas
                  caras,  un  grupo,  una  calle,  una  casa.  Por  tanto,  la  unidad  foto-aprehensible  es,  al
                  máximo, la aldea, el conglomerado humano mínimo. De hecho, como ya hemos visto, la
                  vídeo-política tiende a reforzar el localismo. En todas partes se consolida una valoración
                  convergente de la localidad, de «mi lugar». Los que se sienten proyectados en el mundo,
                  los ciudadanos del orbe, o son grupos marginales o —cuando son muy numerosos—
                  uniones momentáneas que se apasionan, con la misma facilidad con la que se enfrían,
                  abrazando causas errantes y extravagantes.



                     ¿Cuál es, entonces, la unión entre  mundo  y aldea? Yo  creo que la jerarquía  de las
                  pertenencias, por llamarla de algún modo, es concreta. A tiempo perdido, o para matar
                  el tiempo, estamos dispuestos a abrazar causas errantes y lejanas. Pero en cuanto estas
                  causas lejanas nos afectan al bolsillo y en primera persona, entonces la defensa de lo
                  «mío» se hace paroxística, la pequeña  patria prevalece  y  el localismo no se  atiene a
                  razones. La alternativa de este escenario es la «nación de tribu» proyectada por Nimmo
                  y Combs y fundada en la posibilidad de «separarse y aislarse en función de grupos de
                  ficción a los que nos afiliamos. El resultado es una nación de tribus, de personas que se
                  relacionan  sólo  con  afiliados  con  los  que  están  de  acuerdo  E...]  y  permanecen
                  completamente ignorantes E...] de la múltiple realidad de los “otros”» (1983, pág. 218).


                     Este escenario alternativo prefigura el mundo que actualmente está estructurado por
                  Internet; pero también se aplica —mantengo— a grupos marginales y/o a «grupos de
                  emociones» (fijas o fijadas). Yen ambos casos la cosa acaba en que entre el no place y
                  el my place, o bien cuando nos encerramos en tribus transversales de ficción, desaparece
                  la «gran patria» —sea nación o Estado— a la que siempre le reclamamos protección.
                  Debemos  destacar  que  cuanto  se  ha  dicho  anteriormente  no  se  contradice  en  modo
                  alguno con la constatación de que la televisión está homogeneizando los  modelos de
                  vida y los gustos en todo el mundo. Esta homogeneización es innegable (aunque aún
                  hay  que  calificarla),  pero  no  modifica  el  problema  planteado  por  el  localismo  y  la
                  aldeización.  Podemos  ser  iguales  en  gustos,  estilos  de  vida,  ambiciones,  criterios  de
                  éxito y otras cosas, y, a la vez, estar fragmentados. Más aún, la homogeneización podría
                  acentuar  el  conflicto  entre  nuestra  aldeas.  Ya  que  el  odio  es  posible  incluso  entre
                  hermanos. Cuando nos sensibilizamos ante las mismas cuestiones pretendemos  —por
                  ejemplo— que basura, industrias contaminantes, prisiones, se instalen o se desplacen a
                  cualquier otra localidad. Como son necesarias, hay que encontrarles un lugar; pero no
                  en el nuestro. Repito: cuando nos enfrentamos a un problema concreto, la aldea triunfa y
                  se desvanece la idea de ser de cualquier lugar del mundo. En conclusión, ¿la televisión
                  promueve  una  mente  empequeñecida»  (aldeanizada)  o  una  mente  «engrandecida»
                  (globalizada)? No hay contradicción en la respuesta: a veces una y a veces otra, pero a
                  condición  de  que  no  colisionen,  porque  si  lo  hacen,  entonces  prevalecerá  la  mente
                  empequeñecida, la narrow mindedness.
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