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4. EL DEMOS DEBILITADO
Democracia quiere decir, literalmente, «poder del pueblo», soberanía y mando del
demos. Ynadie pone en cuestión que éste es el principio de legitimidad que instituye la
democracia. El problema siempre ha sido de qué modo y qué cantidad de poder
transferir desde la base hasta el vértice del sistema potestativo. Una cuestión es la
titularidad y otra bien diferente es el ejercicio de poder. El pueblo soberano es titular del
poder. ¿De qué modo y en qué grado puede ejercitarlo?
Para responder debemos volver a la opinión pública (vid. supra, págs. 69-72) y a la
cuestión de lo que sabe o no sabe. Ya he expresado mi malestar sobre el hecho de que
los sondeos de opinión no verifiquen la consistencia de las opiniones que recogen. De
todos modos sabemos —lo palpamos todos los días— que la mayor parte del público no
sabe casi nada de los problemas públicos. Cada vez que llega el caso, descubrimos que
la base de información del demos es de una pobreza alarmante, de una pobreza que
nunca termina de sorprendernos
Se podría pensar que siempre ha sido más o menos así y que, a pesar de ello, nuestras
democracias han funcionado. Es cierto. Pero el edificio que ha resistido la prueba es el
edificio de la democracia representativa. En ésta, el demos ejercita su poder eligiendo a
quien ha de gobernarlo. En tal caso, el pueblo no decide propiamente las issues —cuál
será la solución de las cuestiones que hay que resolver— sino que se limita a elegir
quién las decidirá. El problema es que la democracia representativa ya no nos satisface,
y por ello reclamamos «más democracia», lo que quiere decir, en concreto, dosis
crecientes de directismo, de democracia directa. Y así, dos profetillas del momento, los
Toffler, teorizan en su «tercera ola» sobre una «democracia semidirecta» . De modo que
los referendos están aumentando y se convocan cada vez más a menudo, e incluso el
gobierno de los sondeos acaba siendo, de hecho, una acción directa, un directismo, una
presión desde abajo que interfiere profundamente en el problem solving, en la solución
de los problemas. Esta representará una mayor democracia. Pero para serlo realmente, a
cada incremento de demopoder debería corresponderle un incremento de demo-saber
De otro modo la democracia se convierte en un sistema de gobierno en el que son los
más incompetentes los que deciden. Es decir, un sistema de gobierno suicida.
A diferencia de los progresistas del momento, los progresistas del pasado nunca han
fingido que no entendían que todo progreso de la democracia —de auténtico poder del
pueblo— dependía de un demos «participatiyo» interesado e informado sobre política.
Por eso, desde hace un siglo, nos estamos preguntando cuál es la causa del alto grado de
desinterés y de ignorancia del ciudadano medio. Es una pregunta crucial, porque si no
hay diagnóstico no hay terapia.