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2. LA POLÍTICA VÍDEO-PLASMADA


                     Es evidente que las vídeo-elecciones dan lugar a una vídeo-política más amplia y, por
                  tanto,  no  hay  solución  de  continuidad  entre  la  incidencia  electoral  y  la  incidencia
                  generalizada de la televisión. Y con esta advertencia pasemos a hacer un análisis más
                  completo, a una visión de conjunto. Partamos de nuevo de esta premisa: de qué modo el
                  político  hacía  política  hasta  hace  cincuenta  años.  La  hacía  sabiendo  poco  y  también
                  atendiendo  escasamente  a  lo  que  sus  electores  querían.  Los  sondeos  no  existían;  y
                  además no se tomaba en consideración el hecho de que el representante fuera o tuviera
                  que ser el mandatario, el portavoz de sus representados. Las constituciones, todas las
                  constituciones, prohíben el mandato imperativo (y por buenísimas razones: cfi Sartori,
                  1995,  capítulo  11).  Por  ello,  en  el  pasado,  el  representante  era  enormemente
                  independiente de sus electores. Pero esta independencia fue, en realidad, privilegio o
                  prerrogativa sólo del llamado político gentilhombre del xix —en general el señor o el
                  notable del lugar—. El  gentlemanpolitidan  tenía una vida acomodada (propietario de
                  tierras),  no  estaba  ligado  a  partido  alguno  y  no  tenía  vínculo  programático  y,
                  generalmente,  era  elegido  sin  oposición  (eran  tiempos  de  sufragio  restringido).  Este
                  estado de cosas cambia con las ampliaciones del sufragio, con la afirmación en Europa
                  de  la  política  ideológica,  y  con  ella,  de  los  partidos  organizados  de  masas:  partidos
                  obreros, y en el polo opuesto, católicos. A lo largo del siglo xx, el partido prevalece
                  sobre los miembros electos —por la fuerza de la ideología que lo instituye y a la que
                  representa—  y  de  este  modo  se  inicia  la  partido-dependencia.  Cuanto  más  vota  el
                  elector  al  símbolo,  a  la  ideología  o  al  programa  de  un  partido,  más  dependen  los
                  candidatos de su partido para ser elegidos.


                      Así  pues,  durante  casi  un  siglo,  el  representante  ha  sido  partido-dependiente,  al
                  menos en los grandes partidos de masas. Hoy esta dependencia se está reduciendo, pero
                  no por ello estamos volviendo al representante independiente y «responsable» sobre el
                  que teorizó Edmund Burke en su célebre discurso a los electores de Bristol, en 774. En
                  realidad, estamos pasando al representante o colegio-dependiente o vídeo-dependiente.
                  además  de  sondeo-dependiente.  En  suma,  la  independencia  del  representante  ya  no
                  existe  desde  hace  tiempo;  y  el  paso  de  «depender  del  partido»  a  otras  formas  de
                  dependencia  no  tiene  por  qué  constituir  un  progreso.  El  representante  liberado  del
                  control del partido no tiene porqué ser un representante que funcione mejor. que haga
                  mejor su oficio.

                     Empecemos  por  la  colegio-dependencia  que,  puntualizo  de  nuevo,  caracteriza  un
                  sistema electoral uninominal que se desarrolla dentro de un sistema débil de partidos.
                  En  tal  caso,  es  verdad  —como  se  viene  diciendo  y  aceptando  desde  hace  tiempo  en
                  Estados Unidos— que ah politics is local, que al final toda la política se resuelve en
                  política  local.  Ya  que,  cuando  hay  democracia.  hay  siempre  política  local,  es  decir,
                  personas elegidas que quieren satisfacer los deseos y los intereses de sus electores.
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