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televisor. Comprendió entonces que el pánico, surgido en su mente como un
                ratero que sube sigilosamente por una escalera, se había apoderado de ella.
                Recordó que había dejado caer la lata junto a la puerta del baño para correr a la
                planta mientras pensaba: "Todo esto es un error. Más tarde nos reiremos de esto.
                Stanley llenó la bañera, recordó entonces que no tenía cigarrillos y salió a
                comprarlos antes de desnudarse." Sí. Sólo que había cerrado la puerta del baño
                desde dentro y había preferido abrir la ventana sobre la bañera para descolgarse
                por la pared de la casa. Claro, por supuesto, sin duda...
                   El pánico volvió a embargarla. Era como café negro y cargado. Patty cerró los
                ojos para luchar contra él. Permaneció inmóvil, como una estatua pálida, con el
                pulso latiendo en sus sienes.
                   Recordaba haber bajado a toda carrera hacia el teléfono, pero ¿a quién quería
                llamar?
                   Frenética, pensó "Llamaría a la tortuga, pero la tortuga no pudo ayudarnos."
                   De cualquier modo, ya no importaba. Había marcado el 0 y debía de haber dicho
                algo, puesto que la operadora acababa de preguntarle si tenía algún problema. Si
                lo tenía, pero ¿cómo explicar a aquella voz que Stanley se había encerrado con
                llave en el baño y no respondía, que el goteo del grifo en la bañera la
                aterrorizaba? Alguien tenía que ayudarla. Alguien...
                   Se llevó el dorso de la mano contra la boca y mordió. Trató de pensar, trató de
                obligarse a pensar.
                   Los duplicados de las llaves. Los duplicados de las llaves estaban en el armario
                de la cocina.
                   Se dirigió hacia allí y uno de sus pies chocó contra la caja de los botones, que se
                hallaba junto a una silla. Algunos botones cayeron centelleando como ojos de
                vidrio a la luz de la lámpara. Entre ellos había cinco o seis de los negros.
                   En la cara interior de la puerta del armario, sobre el fregadero doble, había un
                gran tablero de madera barnizada con forma de llave. Dos años atrás uno de los
                clientes de Stan se lo había regalado por Navidad. El tablero estaba lleno de
                pequeños ganchos de los cuales pendían todas las llaves de la casa; dos
                duplicados por gancho. Bajo cada uno se veía una tirita de cinta adhesiva con la
                pulcra letra de Stan: Cochera, Desván, Baño p. baja, Baño p. alta, Puerta calle,
                Puerta trasera. A un lado, las llaves de los coches, rotuladas M. B. y Volvo.
                   Patty cogió la llave marcada Baño p. alta y echó a correr hacia la escalera pero
                se obligó a caminar. Si corría, el pánico la dominaría. Además, si caminaba
                aparentando serenidad, Dios podía pensar: "Bueno, me he pasado un poco, pero
                tengo tiempo de arreglarlo todo."
                   Al paso tranquilo de una mujer que va a una reunión del Club del Libro, Patty
                subió la escalera y caminó hasta la puerta del baño.
                   --¿Stanley? -llamó, y trató de abrir.
                   De pronto sintió mucho miedo. No quería usar la llave. De algún modo, usar la
                llave le parecía algo definitivo. Si Dios no había corregido las cosas para cuando
                ella hubiera abierto, ya no lo haría. Después de todo, la época de los milagros
                había pasado.
                   Pero la puerta todavía estaba cerrada. El constante plink del grifo goteante era
                su única respuesta.
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