Page 41 - El Alquimista
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oscuros—. Tengo poder sobre la vida y la muerte de las personas que viajan
conmigo. Porque el desierto es una mujer caprichosa que a veces enloquece a
los hombres.
Eran casi doscientas personas, y el doble de animales: camellos, caballos,
burros, aves. El Inglés llevaba varias maletas llenas de libros. Había mujeres,
niños, y varios hombres con espadas en la cintura y largas espingardas al
hombro. Una gran algarabía llenaba el lugar, y el Jefe tuvo que repetir varias
veces sus palabras para que todos lo oyesen.
—Hay varios hombres y dioses diferentes en el corazón de estos hombres.
Pero mi único Dios es Alá, y por él juro que haré todo lo posible para vencer
una vez más al desierto. Ahora quiero que cada uno de vosotros jure por el
Dios en el que cree, en el fondo de su corazón, que me obedecerá en cualquier
circunstancia. En el desierto, la desobediencia significa la muerte.
Un murmullo recorrió a todos los presentes, que estaban jurando en voz
baja ante su Dios. El muchacho juró por Jesucristo. El Inglés permaneció en
silencio. El murmullo se prolongó más de lo necesario para un simple
juramento, porque las personas también estaban pidiendo protección al cielo.
Se oyó un largo toque de clarín y cada cual montó en su animal. El
muchacho y el Inglés habían comprado camellos, y montaron en ellos con
cierta dificultad. Al muchacho le dio lástima el camello del Inglés: iba cargado
con pesadas maletas llenas de libros.
—No existen las coincidencias —dijo el Inglés intentando continuar la
conversación que habían iniciado en el almacén—. Fue un amigo quien me
trajo hasta aquí porque conocía a un árabe que...
Pero la caravana se puso en marcha y le resultó imposible escuchar lo que
el Inglés estaba diciendo. No obstante, el muchacho sabía exactamente de qué
se trataba: era la cadena misteriosa que va uniendo una cosa con otra, la
misma que lo había llevado a ser pastor, a tener el mismo sueño repetido, a
estar en una ciudad cerca de África, y a encontrar en la plaza a un rey, a que le
robaran para conocer a un mercader de cristales, y...
«Cuanto más se aproxima uno al sueño, más se va convirtiendo la Leyenda
Personal en la verdadera razón de vivir», pensó el muchacho.
La caravana se dirigía hacia poniente. Viajaban por la mañana, paraban
cuando el sol calentaba más, y proseguían al atardecer. El muchacho
conversaba poco con el Inglés, que pasaba la mayor parte del tiempo
entretenido con sus libros.
Entonces se dedicó a observar en silencio la marcha de animales y
hombres por el desierto. Ahora todo era muy diferente del día en que