Page 206 - veinte mil leguas de viaje submarino
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Es muy poco probable que eso suceda, Conseil.

                   Permftame el señor acabar lo que iba a decir, y es que si se produjera ese fenómeno, lo
                  sentiría por el señor de Les-seps que tanto se está esforzando por abrir su istmo.

                   De acuerdo, pero te repito, Conseil, que ese fenómeno no se producirá. La violencia de
                  las fuerzas subterráneas va decreciendo cada vez más. Los volcanes, tan numerosos en los
                  primeros días del mundo, se apagan poco a poco. El ca-lor interno se debilita, y la
                  temperatura de las capas inferio-res subterráneas va reduciéndose siglo a siglo en una
                  apre-ciable proporción, y ello en detrimento de nuestro planeta, pues ese calor es su vida.

                   Sin embargo, el sol...

                   El sol es insuficiente, Conseil. ¿Puede el sol dar calor a un cadáver?

                   No, que yo sepa.

                   Pues bien, la Tierra será algún día ese cadáver frío. Será inhabitable y estará deshabitada
                  como la Luna, que desde hace mucho tiempo ha perdido su calor vital.

                   ¿Dentro de cuántos siglos?  preguntó Conseil.

                   Dentro de algunos centenares de millares de años.

                   Entonces, tenemos tiempo de acabar nuestro viaje, con el permiso de Ned Land.

                  Y Conseil, tranquilizado, se concentró en la observación del alto fondo que el Nautilus iba
                  casi rozando a una mode-rada velocidad.

                  Sobre aquel suelo rocoso y volcánico se desplegaba toda una fauniflora viviente: esponjas;
                  holoturias; cidípidos hia-linos con cirros rojizos que emitían una ligera fosforescen-cia;
                  beroes, vulgarmente conocidos como cohombros de mar, bañados en las irisaciones del
                  espectro solar; comátu-las ambulantes, de un metro de anchura, cuya púrpura en-rojecía el
                  agua; euriales arborescentes de gran belleza; pavo-narias de largos tallos; un gran número
                  de erizos de mar comestibles, de variadas especies, y actinias verdes de tron-co grisáceo,
                  con el disco oscuro, que se perdían en su cabe-llera olivácea de tentáculos.

                  Conseil se había ocupado más particularmente de obser-var los moluscos y los articulados,
                  y aunque su nomenclatu-ra sea un poco árida, no quiero ofender al buen muchacho
                  omitiendo sus observaciones personales.

                  En sus notas, cita entre los moluscos numerosos pectúncu-los pectiniformes; espóndilos
                  amontonados unos sobre otros; donácidos o coquinas triangulares; hiálidos tridenta-dos,
                  con parápodos amarillos y conchas transparentes; pleurobranquios anaranjados; óvulas
                  cubiertas de puntitos verdosos; aplisias, también conocidas con el nombre de lie-bres de
                  mar; dolios; áceras carnosas; umbrelas, propias del Mediterráneo; orejas de mar, cuyas
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