Page 208 - veinte mil leguas de viaje submarino
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Durante la noche del 16 al 17 de febrero, entramos en esa otra zona del Mediterráneo cuyas
mayores profundidades se sitúan a tres mil metros.
Impulsado por su hélice y deslizándose a lo largo de sus planos inclinados, el Nautilus se
hundió hasta las últimas ca-pas del mar.
A falta de las maravillas naturales, el mar ofreció allí a mis miradas escenas emocionantes y
terribles. Nos hallábamos surcando, en efecto, esa parte del Mediterráneo tan fecunda en
naufragios. ¡Cuántos son los barcos que han naufragado y desaparecido entre las costas
argelinas y las provenzales! El Mediterráneo no es más que un lago, si se le compara con la
vasta extensión abierta del Pacífico, pero un lago capricho-so y voluble, hoy propicio y
acariciante para la frágil tartana que parece flotar entreel doble azul del mar y del cielo,
ma-ñana furioso y atormentado, descompuesto por los vientos, destrozando los más sólidos
navíos con los golpes violentos de sus olas.
Así, a nuestro rápido paso por esas capas profundas, vi un gran número de restos en el
fondo, unos recubiertos ya por los corales y otros revestidos de una capa de orín; áncoras,
cañones, obuses, piezas de hierro, paletas de hélices, piezas de máquinas, cilindros rotos,
calderas destrozadas, cascos de buque flotando entre dos aguas, unos hacia abajo y otros
ha-cia arriba.
Todos estos navíos habían naufragado o por colisiones entre ellos o por choques con
escollos de granito. Había allí algunos que se habían ido a pique, y que, con su arbola-dura
enhiesta y sus aparejos intactos, parecían estar fon-deados en una inmensa rada, esperando
el momento de zarpar. Cuando pasaba entre ellos el Nautilus, iluminán-dolos con su luz
eléctrica, parecía que esos navíos fueran a saludarle con su pabellón y darle su número de
orden. Pero sólo el silencio y la muerte reinaban en ese campo de catástrofes.
Observé que los restos de naufragios en los fondos medi-terráneos iban siendo más
numerosos a medida que el Nau-tilus se acercaba al estrecho de Gibraltar. Las costas de
África y de Europa van estrechándose y las colisiones en tan estre-cho espacio son más
frecuentes. Vi numerosas carenas de hierro, ruinas fantásticas de barcos de vapor, en pie
unos y tumbados otros, semejantes a formidables animales. Uno de ellos, con los flancos
abiertos, su timón separado del codaste y retenido aún por una cadena de hierro, con la
popa corroí-da por las sales marinas, me produjo una impresión terrible. ¡Cuántas
existencias rotas, cuántas víctimas había debido provocar su naufragio! ¿Habría
sobrevivido algún marinero para contar el terrible desastre? No sé por qué me vino la idea
de que ese barco pudiera ser el Atlas, desaparecido des-de hacía veinte años sin que nadie
haya podido oír la menor explicación. ¡Qué siniestra historia la que podría hacerse con
estos fondos mediterráneos, con este vasto osario en el que se han perdido tantas riquezas y
en el que tantas vícti-mas han hallado la muerte!
Rápido e indiferente, el Nautilus pasaba a toda máquina en medio de esas ruinas. Hacia las
tres de la mañana del 18 de febrero, se presentaba en la entrada del estrecho de Gi-braltar.
Existen allí dos corrientes, una superior, reconocida des-de hace tiempo, que lleva las aguas
del océano a la cuenca mediterránea, y otra más profunda, una contracorriente cuya