Page 207 - veinte mil leguas de viaje submarino
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conchas producen un nácar muy estimado; pectúnculos apenachados; anomias, más
                  estimadas que las ostras por los del Languedoc; alme-jas, tan preciadas por los marselleses;
                  venus verrucosas blancas y grasas; esas almejas del género mercenaria de las que tanto
                  consumo se hace en Nueva York; pechinas opercu-lares o volandeiras de variados colores;
                  litodomos o dátiles hundidos en sus agujeros, cuyo fuerte sabor aprecio yo mu-cho;
                  venericárdidos surcados con nervaduras salientes en la cima abombada de la concha; cintias
                  erizadas de tubérculos escarlatas; carneiros de punta curvada, semejantes a ligeras
                  góndolas; férolas coronadas; atlantas, de conchas espirali-formes; tetis grises con manchas
                  blancas, recubiertas por su manto festoneado; eólidas, semejantes a pequeñas limazas
                  cavolinias rampando sobre el dorso; aurículas, y entre ellas la aurícula miosotis de concha
                  ovalada; escalarias rojas; lito-rinas, janturias, peonzas, petrícolas, lamelarias, gorros de
                  Neptuno, pandoras, etc.

                  En sus notas, Conseil había dividido, muy acertadamen-te, en seis clases a los articulados,
                  de las cuales tres pertene-cen al mundo marino. Son los crustáceos, los cirrópodos y los
                  anélidos.

                  Los crustáceos se subdividen en nueve órdenes, el prime-ro de los cuales comprende a los
                  decápodos, es decir, a los animales cuya cabeza está soldada al tórax, y cuyo aparato bucal
                  se compone de varios pares de miembros, y que po-seen cuatro, cinco o seis pares de patas
                  torácicas o ambula-torias. Conseil había seguido el método de nuestro maestro
                  Milne Edwards, que divide en tres secciones a los decápo-dos: los braquiuros, los
                  macruros y los anomuros, nombres tan bárbaros como justos y precisos. Entre los
                  braquiuros, Conseil cita un oxirrinco, el amatías, armado de dos grandes puntas divergentes
                  a modo de cuernos; el inaco escorpión que, no sé por qué, simbolizaba la sabiduría entre los
                  grie-gos; lambro massena y lambro espinoso, probablemente ex-traviados en tan altos
                  fondos puesto que generalmente viven a grandes profundidades; xantos; pilumnos;
                  romboides; ca-lapas granulosos  de fácil digestión, anota Conseil ; coris-tos desdentados;
                  ebalias; cimopolios, cangrejos aterciopela-dos de Sicilia; dorripos lanudos, etc. Entre los
                  macruros, subdivididos en cinco familias, los acorazados, los cavado-res, los astácidos, los
                  eucáridos y los oquizópodos, cita las langostas comunes, de carne tan apreciada, sobre todo
                  en las hembras; cigalas, camarones ribereños y toda clase de espe-cies comestibles, pero no
                  dice nada de la subdivisión de los astácidos, en los que está incluido el bogavante, pues las
                  lan-gostas son los únicos bogavantes del Mediterráneo. En fin, entre los anomuros, cita las
                  drocinas comunes, abrigadas en las conchas abandonadas de las que se apoderan, homolas
                  espinosas, ermitaños, porcelanas, etc.

                  Ahí se detenía el trabajo de Conseil. Le había faltado tiempo para completar la clase de los
                  crustáceos con el exa-men de los estomatópodos, anfípodos, homópodos, isópo-dos,
                  trilobites, branquiápodos, ostrácodos y entomostrá-ceos. Y para terminar el estudio de los
                  articulados marinos habría debido citar la clase de los cirrópodos, en la que se in-cluyen los
                  cídopes y los árgulos, y la de los anélidos que no hubiera dejado de dividir en tubícolas y en
                  dorsibranquios. Pero es que el Nautilus, al dejar atrás el alto fondo del estre-cho de Libia,
                  había recuperado su velocidad habitual. Por eso, no fue posible ya ver ni moluscos, ni
                  articulados ni zoó-fitos, apenas algunos grandes peces que pasaban como som-bras.
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