Page 90 - Edición final para libro digital
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Llegada la hora, comieron los tres juntos. Una vez terminado
              el almuerzo, Ariel, mediante un gesto muy elocuente, animó a su
              padre para que le contase a Rebeca lo que habían acordado la noche
              antes.
                 David Kachka dudó un momento. A pesar del gesto de apro-
              bación que le hiciera a su hijo, no tenía muy claro que fuese aquel
              el momento adecuado para enfrentarse a los, más que seguros, re-
              proches de su mujer. Tenía un considerable dolor de cabeza, y aún
              seguían castigando su cuerpo los efluvios del licor ingerido. Además,
              la distancia que le separaba de Rebeca no podía considerarse segura
              para sus tímpanos en cuanto su cónyuge alzase la voz. Ante la inde-
              cisión del patriarca, Ariel tomó la iniciativa.
                 —Mamá, —comenzó diciendo— ayer hemos estado hablando
              papá y yo sobre algo que queremos consultarte.
                 — ¡Ah sí! —exclamó la mujer en tono irónico—. ¿Queréis saber
              si hay más whisky en casa?
                 —Nooo —dijo Ariel haciendo una mueca de fastidio—. Papá,
              cuéntale tú lo que hemos hablado.
                 David Kachka dirigió a su hijo una punzante mirada. Cuando
              había creído que sería él quien le explicase el asunto a su consorte,
              evitándole, en parte, la reprimenda de esta, su aventajado alumno se
              le anticipaba en una artera evasiva que lo dejaba solo ante la compli-
              cada tarea de convencer a la impaciente mujer. El veterano abogado
              tragó saliva mirando nuevamente a Ariel; quien sonreía maliciosa-
              mente.
                 —Bueno, ¿vais a contarme lo que hablasteis de una vez o pensáis
              estar haciendo el tonto toda la tarde? —les exhortó impaciente la
              señora Kachka.
                 —Ejem… —Carraspeó nervioso el marido—. El caso es que
              Ariel se ha enamorado.
                 Esta vez fue el propio Ariel quien lanzó a su padre una mirada
              de reprobación. No esperaba que fuese precisamente esa la primera
              confesión que hiciesen.
                 —¿Eso es lo que tanto trabajo os ha costado decirme? Pero si es
              estupendo hijo, ya iba siendo hora de que sentases cabeza —expresó
              eufórica la madre de Ariel.

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