Page 228 - Cementerio de animales
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»Y  aquel  ser  sólo  hablaba  de  lo  malo.  Nos  recordaba  lo  malo  porque  él  era
           malo… y porque veía en nosotros a sus enemigos. El Timmy Baterman que se fue a
           la guerra era un muchacho corriente, Louis, tal vez un poco aburrido, pero bueno. La

           cosa que vimos aquel atardecer, a la luz roja del sol… era un monstruo. Tal vez fuera
           un zombie o un "dybuk" o un demonio. Quizá no haya nombre para una cosa así,
           pero los micmacs habrían sabido lo que era, tuviera nombre o no.

               —¿Qué era? —preguntó Louis, embotado.
               —Algo que había sido tocado por el "wendigo" —dijo Jud con voz átona. Aspiró
           profundamente, retuvo el aire un momento, lo soltó y miró el reloj—. Es muy tarde,

           Louis. He hablado nueve veces más de lo que pensaba.
               —Lo dudo —dijo Louis—. Has estado muy elocuente. Cuenta cómo terminó.
               —Dos noches después, hubo un incendio —dijo Jud—. La casa de los Baterman

           ardió hasta los cimientos. Alan Purinton dijo que no había la menor duda de que el
           fuego fue provocado. La casa había sido inundada de fuel de la calefacción. Estuvo

           oliendo tres días.
               —Y ardieron los dos.
               —Aja. Ardieron los dos. Pero ya estaban muertos antes de arder. Timmy tenía dos
           balas en el pecho, disparadas con una vieja pistola Colt de Bill Baterman. La pistola

           estaba en la mano de Bill. Al parecer, él mató a su hijo, lo echó en la cama, esparció
           el fuel, luego se sentó en su butaca al lado de la radio, encendió una cerilla y se metió

           en la boca el cañón de la Colt.
               —¡Dios! —murmuró Louis.
               —Estaban carbonizados, pero el forense del condado dijo que a él le parecía que
           Timmy Baterman llevaba muerto dos o tres semanas.

               Silencio y el tictac del reloj.
               Jud se puso en pie.

               —No exageraba cuando dije que tal vez yo había matado a tu hijo, Louis, o había
           colaborado.  Los  micmacs  conocían  ese  lugar,  pero  eso  no  quiere  decir
           necesariamente que ellos hicieran de él lo que es. Los micmacs no estuvieron allí
           siempre. Llegaron del Canadá, quizá de Rusia, o quizá de Asia hace miles de años. Se

           quedaron aquí, en Maine, mil o tal vez dos mil años; es difícil determinarlo, porque
           no dejaron una huella profunda de su paso. Y se fueron…, como nos iremos nosotros

           un día, aunque nuestra huella, para bien o para mal, habrá calado más que la de ellos.
           Pero sea quien sea el que esté aquí, Louis, ese lugar seguirá existiendo. No es como si
           alguien lo poseyera y pudiera llevarse su secreto al marcharse. Es un lugar maldito y

           corrompido, y yo no debí llevarte allí para que enterraras a ese gato. Ahora lo sé.
           Tiene un maleficio y tú harás bien en guardarte de él si sabes lo que os conviene a ti y
           a tu familia. Yo no fui lo bastante fuerte como para combatirlo. Tú salvaste la vida a

           Norma  y  yo  quería  hacer  algo  por  ti,  y  ese  sitio  se  aprovechó  de  mis  buenas




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