Page 192 - Las ciudades de los muertos
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—Hank —susurré—. Hank, sal de ahí.
               —¿Adónde voy a ir? —me observó con mirada penetrante.
               Me acerqué a él e intenté ayudarlo a levantarse. Trató de darme un puñetazo, pero

           falló.
               —¡Déjame solo! —y volvió a tumbarse en el suelo, quejándose en silencio de su
           suerte.

               Lo observé un instante y me eché a llorar.





           Cuarto día.
               Ahora tiene una momia de su propiedad que pasea por los corredores vaya donde
           vaya. Le acaricia la boca con la mano y la arrastra tras de sí, incluso la lleva a la

           capilla a rezar.
               No quiere comer. Al principio, le daba la comida como a un niño pequeño, pero
           ahora ya no se deja.

               Tampoco duerme. Por la noche, deambula por todas partes, arrastrando su momia
           y  llamándola  suavemente  por  su  nombre.  Tenía  miedo  de  que  se  perdiera  por  el
           desierto en la oscuridad, pero pronto descubrí que nunca sale del monasterio. Hoy,

           poco antes del alba, lo encontré subido al muro exterior, observando el cielo.
               —¿Birgit? ¿Birgit?
               Yo, por mi parte, he comido demasiado. No puedo hacer otra cosa, y me siento

           hinchado.
               Esta  mañana  he  subido  al  muro  para  observar  el  amanecer.  Hank  continuaba
           caminando por los pasillos. Me he sentado con la vista fija en el horizonte, hacia el

           este,  y  poco  a  poco  he  visto  cómo  los  colores  del  día  apartaban  la  noche  y  las
           estrellas.
               De pronto, he oído un ligero ruido, tan tenue que apenas era perceptible; pero al

           observar  a  mi  alrededor,  no  he  podido  ver  nada.  Sin  embargo  persistía,  y  cuando
           estaba a punto de bajar del muro por temor a que se derrumbase, lo he visto, a unos
           diez  o  veinte  metros,  observándome  con  timidez,  aunque  sus  movimientos

           traicionaban su ansiedad. Era el animal Set.
               Me  quedé  mirándolo  fijamente  intentando  mantener  la  calma  y  permanecí
           inmóvil.  No  quería  alarmarlo.  Más  pronto  o  más  tarde  tendría  que  explicarle  a  la

           gente lo ocurrido aquí. Una parte sería verosímil, ya que existen todavía esas momias
           de  niños  que  prueban  que  el  sacerdote  comerciaba  con  ellas,  pero  el  resto,  la
           brujería…  ¿quién  iba  a  creerme?  Observé  al  animal  de  arcilla  que  se  acercaba

           centímetro  a  centímetro,  más  curioso  que  cauteloso.  Ahí  estaba  la  prueba  que
           necesitaba.
               Me  obligué  a  mí  mismo  a  no  mirarlo  siquiera  y  desvié  la  vista  hacia  el  sol

           naciente. Sentí que se estaba acercando y lo miré por el rabillo del ojo. Cuando el sol


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