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PLANIFICACIÓN Y DEMOCRACIA

               vida social, y finalmente, todas y cada una de ellas. Pero si la soberanía par-
               lamentaria puede mantener unos cuantos controles, también puede man-
               tener muchos...; en un Estado democrático la soberanía puede reforzarse
               ilimitadamente por medio de los plenos poderes sin renunciar a la fiscaliza-
               ción democrática.» 8
                  Esta creencia olvida una distinción vital.Al parlamento le es posible, sin
               duda, fiscalizar la ejecución de aquellas tareas en las que pueda dar direc-
               ciones definidas, en las que primero ha llegado a un acuerdo sobre el obje-
               tivo y sólo delega la ejecución del detalle. La situación es enteramente dife-
               rente cuando el motivo de la delegación consiste en no existir un acuerdo
               real sobre los fines, cuando el organismo encargado de la planificación tiene
               que elegir entre fines cuya conflictividad ni siquiera ha advertido el parla-
               mento, y lo más que cabe es presentar a éste un plan que tiene que aceptar
               o rechazar por entero.Puede haber,y probablemente habrá,crítica;pero resul-
               tará completamente ineficaz, porque no se logrará nunca una mayoría
               respecto a cualquier otro plan alternativo, y las partes del proyecto impug-
               nadas se presentarán casi siempre como elementos esenciales del conjunto.
               La discusión parlamentaria puede mantenerse como una válvula de seguri-
               dad útil y,aún más,como un eficaz medio de difusión de las respuestas oficia-
               les a las reclamaciones. Puede también evitar algunos abusos flagrantes e
               instar útilmente para el remedio de algunos errores particulares.Pero no puede
               dirigir. A lo más, se reduciría a elegir las personas que habrían de disponer
               de un poder prácticamente absoluto. El sistema entero tendería hacia la dic-
               tadura plebiscitaria,donde el jefe del gobierno es confirmado de vez en cuando
               en su posición por el voto popular, pero dispone de todos los poderes para
               asegurarse que el voto irá en la dirección que desea.
                  El precio de la democracia es que las posibilidades de un control explícito
               se hallan restringidas a los campos en que existe verdadero acuerdo y que
               en algunos campos las cosas tienen que abandonarse a su suerte. Pero en
               una sociedad cuyo funcionamiento está sujeto a la planificación central, este
               control no puede quedar a merced de la existencia de una mayoría dispuesta
               a dar su conformidad. Con frecuencia será necesario que la voluntad de una



                  8. K. Mannheim: Man and Society in an Age of Reconstruction, op. cit., p. 340. [La segunda
               mitad de la cita aparece en la página 341. —Ed.]

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