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CAPÍTULO VIII
¿QUIÉN, A QUIÉN?
La más sublime oportunidad que alguna vez tuvo el mundo
se malogró porque la pasión por la igualdad hizo vana la
esperanza de libertad.
LORD ACTON 1
Es significativo que una de las objeciones más comunes contra el sistema
de la competencia consiste en decir que es «ciega». No es inoportuno recor-
dar que para los antiguos la ceguera era un atributo de su diosa de la justi-
cia. Aunque la competencia y la justicia tengan poco más en común, es un
mérito, tanto de la competencia como de la justicia, que no hacen acepción
de personas.El hecho de ser imposible pronosticar quién alcanzará la fortuna
o a quién azotará la desgracia, el que los premios y castigos no se repartan
conforme a las opiniones de alguien acerca de los méritos o deméritos de las
diferentes personas, sino que dependan de la capacidad y la suerte de éstas,
tiene tanta importancia como que, al establecer las leyes, no seamos capa-
ces de predecir qué personas en particular ganarán y quiénes perderán con
su aplicación.Y no pierde rigor este hecho porque en la competencia la ocasión
y la suerte sean a menudo tan importantes como la destreza y la sagacidad
en la determinación del destino de las personas.
Los términos de la elección que nos está abierta no son un sistema en el
que todos tendrán lo que merezcan, de acuerdo con algún patrón absoluto
y universal de justicia,y otro en el que las participaciones individuales están
determinadas parcialmente por accidente o buena o mala suerte, sino un
1. [Lord Acton, «The History of Freedom in Christianity,» en History of Freedom and Other
Essays, cit., p. 57 {trad. esp.:«Historia de la libertad en el cristianismo»,en Lord Acton,Ensayos sobre
la libertad y el poder, cit., p. 111}. —Ed.]
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