Page 146 - Desde los ojos de un fantasma
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—¡”La víspera oxidada” será para siempre mi fado preferido! —exclamó con

               emoción.

               —Qué bueno que le gustó —dijo Juan Pablo, un poco apenado porque aún no
               podía acostumbrarse a las muestras de entusiasmo por parte de su público.


               —Ninguna de mis amigas va a creerme cuando les cuente lo que me pasó.


               —Es mejor que no se lo diga a nadie —le recomendó el fadista a la mujer—.
               Ahora tiene que irse porque debo preparar todos los detalles de mi secuestro.


               A pesar de la petición de su ídolo, la mujer permaneció en su mismo sitio sin
               moverse siquiera un milímetro, viendo cómo Juan Pablo colocaba la guitarra, las
               esposas y el esparadrapo sobre una mesa y buscaba con la mirada objetos que le
               sirvieran para adornar el supuesto secuestro espectacular, obra del gran Míster
               Ru. Después de un rato la mujer se atrevió a plantear una pregunta que la estaba
               consumiendo de curiosidad.


               —Disculpe, don Juan Pablo, ¿no se supone que los responsables de un secuestro
               son los que se encargan de todos los detalles, mientras que el secuestrador
               únicamente se limita a dejarse raptar?


               —Mire, señora, el mundo se transforma rápidamente —respondió el fadista.
               Después abrió la persiana para señalar hacia la terraza del café—. Ayer estaba
               ahí la figura de Fernando Pessoa y hoy un horrible perro chihuahueño es el rey

               de la plaza. Los tiempos están cambiando, como dijo Bob Dylan.

               —¿Quién es él?


               —Otro poeta.


               La mujer asintió como cuando se descubre una verdad, repitió la frase por lo
               bajo (“Los tiempos están cambiando…”) y, reflexiva, salió de aquel
               departamento.






               Dos plantas más abajo y en plena calle, la cazadora, colgada en el farol, sufría
               imaginando que nunca más volvería a reunirse con su querido dueño.
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