Page 41 - El Mártir de las Catacumbas
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-La  cuestión  que  tú  tienes  que  decidir  no  consiste  en  si  escoges  la  filosofía  o  el
               cristianismo, sino en si tu eres cristiano o soldado romano. Porque conforme se encuentran las
               cosas en estos tiempos, te es absolutamente imposible ser soldado romano y al mismo tiempo
               cristiano.  Pues  tienes  que  renunciar  a  una  de  las  dos.  Pero  no  solamente  eso,  sino  que  si  tú
               insistes en tu decisión de ser cristiano, tienes que compartir su suerte, porque no se puede hacer
               la menor distinción en favor tuyo. Por el contrario, si quieres continuar como soldado, tienes que
               pelear contra los cristianos.
                       -No cabe la menor duda en cuanto a esa cuestión.
                       -Tú  sabes  que  tienes  amigos  cordiales  que  están  gustosos  de  olvidar  tu  grande  y
               precipitado  delito,  Marcelo.  Pues  te  conozco  que  eres  de  ese  carácter  que  fácilmente  te
               entusiasmas,  y  le  he  suplicado  al  general  por  ti.  El  también  te  tiene  en  gran  estima  por  tus
               cualidades  de  soldado  valiente.  Está  animado  de  toda  voluntad  de  perdonarte  bajo  ciertas
               circunstancias.
                       -¿Cuáles son ellas?
                       -La más misericordiosa de todas las condiciones. Que eches en el olvido todos los cuatro
               días  pasados.  Que  se  desvanezcan  por  completo  de  tu  memoria.  Hazte  cargo  de  tu  comisión
               nuevamente.  Toma  tus  soldados  a  tus  órdenes  y  en  el  acto  emprende  el  cumplimiento  de  tu
               deber, procediendo a la detención de esos cristianos.
                       -Lúculo,  exclamó  Marcelo,  levantándose  de  su  asiento,  con  los  brazos  cruzados-:  Te
               estimo muchísimo, como amigo que eres, y te estoy agradecido por tu fiel afecto. Jamás podré
               olvidarlo. Pero ahora tengo yo dentro de mí algo que te es por completo desconocido, y lo cual es
               mucho más precioso y fuerte que todos los honores del estado. Es, pues, nada menos que el amor
               de Dios. Por este amor estoy listo a dejar todo: honor, rango, y la misma vida. Mi decisión es
               irrevocable. Yo soy cristiano.
                       Lúculo  siguió  sentado.  Mudo  de  sorpresa  y  conmovido  en  extremo,  contemplaba  a  su
               amigo.  Para  él  era  demasiado  conocido  el  carácter  de  éste  en  sus  resoluciones,  y  veía  con
               profunda  pena  cómo  sus  palabras  persuasivas  habían  fracasado.  Después  de  mucho  volvió  a
               seguir hablando. Recurrió a todos los argumentos que podía pensar. Invocó todos los argumentos
               que podrían influir en él. Le habló del terrible destino que le esperaba, y de la venganza ensañada
               que  se  emplearía  particularmente  contra  él.  Pero  todas  sus  palabras  fueron  completamente
               inútiles. Finalmente se levantó víctima de la más profunda tristeza.
                       -Marcelo  –dijo-, tú estás  tentando  al  destino,  vas  apresuradamente  hacia  la  suerte más
               terrible.  Pues  todo  lo  que  la  fortuna  puede  deparar  se  te  está  ofreciendo,  pero  tú  vuelves  las
               espaldas a todo aquello por jugarte la suerte juntamente con aquellos proscritos miserables. Yo
               he cumplido con mi deber de amigo al tratar de hacerte volver de tu locura, pero todo lo que yo
               pueda hacer es inútil ante tu obstinación.
                       -Te he traído la sentencia del general. Tú has sido degradado del rango de oficial. Y hay
               la orden de arresto contra ti, acusado de ser cristiano. Mañana serás apresado y entregado para
               sufrir  el  castigo.  Pero  todavía  tienes  muchas  horas  a  tu  disposición,  y  todavía  tengo  yo  la
               posibilidad de alcanzar la satisfacción, aunque penosa, de ayudarte a escapar. Huye, pues, en el
               acto. Date prisa,  porque no hay tiempo que perder. Hay un solo lugar en el mundo en donde
               puedes estar a cubierto de la venganza del César.
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