Page 46 - El Mártir de las Catacumbas
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no  era  de  incertidumbre.  El  conflicto  era  vero  y  comprendía  el  nombre,  la  fama,  la  fortuna,
               amigos y la vida: todo aquello que es tan querido para el ser humano. Así el tiempo seguía su
               marcha. Si bien era verdad que los seguidores de la verdad aumentaban en número; así también
               el vicio intensificaba su poder maligno; el pueblo se iba hundiendo cada día en la más profunda
               corrupción, y el estado era arrastrado aceleradamente a la ruina más segura.

                      Fue entonces cuando se levantaron aquellas terribles persecuciones que tenían por objeto
               extirpar la tierra los últimos vestigios del Cristianismo. La terrible ordalía esperaba al cristiano si
               resistía al decreto de la autoridad imperial. A los que la seguían inexorable la orden de la verdad,
               y  una  vez  que  tomaba  una  decisión,  era  final  e  irrevocable.  A  v  solía  suceder  que  tomar  la
               decisión de hacerse cristiano era aceptar la muerte instantánea, o al menos ser arrojado fuera de
               la ciudad, proscrito de los goces normales del hogar y de la luz del día.

                      Los  corazones  de  los  romanos  fueron  endurecidos,  y  sus  ojos  fueron  cegados.  No  les
               podía conmover en sus sentimientos ni despertarles la menor compasión, ni la inocencia de la
               niñez, ni la pureza de la mujer, ni la noble hombría de bien, ni los venerables cabellos canos del
               anciano, ni la inconmovible fe, ni el amor victorioso sobre la muerte. No tenían ojos para ver a
               tiempo la negra nube de desolación que pendía sobre el imperio, condenado irrevocablemente a
               muerte  por  los  actos  de  los  suyos.  No  tuvieron  visión  para  comprender  que  del  furor  de  ese
               destino, solamente les podrían haber salvado aquellos a quienes ellos perseguían.

                      Empero,  en  la  plana  vigencia  de  ese  reino  de terror,  las  catacumbas  abren  sus  puertas
               delante  de  los  cristianos,  cual  una  ciudad  de  refugio.  Allí  reposaban  los  huesos  de  sus
               antecesores, que de generación en generación habían luchado por la verdad, y el polvo de sus
               cuerpos esperaba aquí la aclamación de la resurrección. Allí traían ellos a sus amados parientes,
               conforme uno por uno les iban dejando para volar a las alturas. Hasta aquí el hijo había traído en
               hombros el cuerpo de su anciana madre, y el progenitor había visto a su menor depositado en la
               tumba. Hasta aquí ellos habían portado piadosamente los mutilados despojos de aquellos que por
               su fe habían sido despedazados por las fieras salvajes en la arena, los cuerpos chamuscados de
               aquellos que habían sido entregados a las llamas, o aun los enjutos cuerpos de los más desdi-
               chados  de  todos,  que  habían  exhalado  el  último  suspiro  de  su  vida  tras  la  larga  agonía  que
               constituía la muerte por crucifixión. Cada uno de los cristianos tenía algún amigo o pariente cuyo
               cuerpo yacía ahí. El mismo campo era en todo sentido un campo santo.
                      Nada, pues, podía extrañar que ellos buscaran refugio y seguridad en un lugar tal.
                      En  estas  moradas  subterráneas,  sobre  todo,  habían  hallado  su  único  lugar  de  refugio
               contra la enconada persecución. En aquel tiempo no podían buscar auxilio en países extranjeros,
               o más allá de los mares, porque para ellos no existían países de refugio, y no había tierra allende
               los mares en que tuvieran la menor esperanza. El poder imperial de Roma mantenía atrapado en
               sus garras poderosas a todo el mundo civilizado; su tremendo sistema policiaco se extendía por
               todas las tierras, y ni uno solo podría escapar de su implacable ira. Su poder era tan irresistible,
               que  desde  el  noble  más  encumbrado  hasta  el  esclavo  más  humilde,  todos  eran  igualmente
               súbditos de Roma. Ningún emperador destronado podría escapar de su venganza, ni siquiera se
               podía esperar el tal escape. Cuando Nerón cayó, lo único que alcanzó a hacer fue ir a una villa
               cercana y matarse. Empero, aquí abajo, en estos infinitos laberintos, aun el poder de Roma no
               tenía valor alguno, pues sus burlados emisarios vacilaban en la misma entrada.
                      En  estos  providenciales  refugios  los  cristianos  permanecían,  poblando  densamente  los
               innumerables pasajes y grutas. En el día se reunían para intercambiarse el verbo de consolación y
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