Page 49 - El Mártir de las Catacumbas
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hallaban en ellos mucho más que el mero asentimiento intelectual. Cristo mismo no era para
ellos solamente una idea, un pensamiento, sino una existencia personal y real. La vida de Cristo
sobre la tierra era para ellos una verdad vivificante. Ellos la aceptaban como el más adecuado
ejemplo para todo hombre. Su ternura, su humildad, su paciencia, y su mansedumbre, pensaban
ellos que se les ofrecían para que fueran imitadas; jamás separaron ellos el Cristianismo ideal del
Cristianismo real. Ellos pensaban que la fe del hombre consistía tanto en su vida como en su
sentimiento, y no habían aprendido a hacer distinción entre el Cristianismo experimental y el
Cristianismo práctico. Para ellos la muerte de Cristo era el gran evento, ante el cual todos los
otros eventos en la vida de El eran solamente secundarios. Que El murió es el hecho por
excelencia, y que fue por los hijos de los hombres, nadie en absoluto podría entenderlo mejor que
ellos. Que El fue levantado y que se halla glorificado a la diestra de Dios, y que toda Potestad le
ha sido dada en el cielo y en la tierra, era divina realidad para ellos. Pues entre sus propios
hermanos sabían de muchos que habían sido colgados en una cruz por amor a sus hermanos, o
muerto en la pira por su Dios. Ellos tomaban su cruz y seguían a Cristo, llevando su vituperio.
Aquella cruz y aquel vituperio no eran solamente figurados. Todo eso nos testifica esos
tenebrosos laberintos, recinto propio para los muertos solamente, que sin embargo por muchos
años se abrió para refugiar a los vivientes. Nos lo testifican aquellos nombres de mártires,
aquellas palabras de triunfo. Las murallas conservan para las generaciones venideras las palabras
de dolor y de lamento, y de sentimientos siempre variantes que se escribieron sobre ellas durante
las sucesivas generaciones por aquellos que tuvieron que acudir a albergarse en estas
catacumbas. Ellas transmiten su doliente historia a los tiempos venideros, y traen a la
imaginación las formas, los sentimientos y los hechos de aquellos que fueron confinados allí. Así
como la forma física de la vida se fija en las placas de la cámara fotográfica, así las grandes
voces que una vez se arrancaron por la intensidad del sufrimiento desde el fondo del alma misma
del mártir quedaron estampadas sobre la muralla desafiando a los siglos venideros.
Testigos humildes de la verdad, pobres, despreciados, abandonados, cuyos clamores por
misericordia llegaban en vano a los oídos de los hombres: ¡ más bien se sofocaban en la sangre
de los muertos y el humo de los sacrificios! Empero si los de su propia raza contestaron sus
clamores con renovadas y mayores tortura estas murallas rocosas mostraron mayor misericordia
pues oyeron sus suspiros y los guardaron en sus senos, y fue así que aquellos clamores de
sufrimiento vivieron allí atesorados y grabados en la roca para siempre.
La conversión de Marcelo al Cristianismo había sido repentina. Sin embargo, tales transiciones
del error a la verdad eran frecuentes. El había intentado y probado las más altas formas de la
superstición salvaje filosofía pagana, habiendo descubierto que no satisfacían; mas tan pronto se
halló frente al Cristianismo, comprobó que llenaba ampliamente todos los anhelos de su
conciencia. Poseía precisamente lo que se necesitaba para poder satisfacer las ansias del alma y
saciar el vacío del corazón con la plenitud de la paz. Y es así que si la transición fue rápida,
también fue completa y perfecta. Pues, habiendo abierto sus ojos y contemplado el Sol de
Justicia, el no podía volverlos a cerrar. La obra de la regeneración era completada divinamente y
la recibió de buena gana la parte que le correspondía en el sufrimiento de los perseguidos.
Las primeras predicaciones del Evangelio se caracterizaban por la frecuencia de
conversiones notables como estas. Por todo el mundo pagano eran incontables las almas que
experimentaban lo que experimentó Marcelo, y que gustosos se habían sometido a las mismas
experiencias. Pues sólo era menester la predicación de la verdad, acompañada por el poder del