Page 53 - El Mártir de las Catacumbas
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El que los acusaba delante de Dios día y noche.
Y ellos lo vencieron por la sangre del Cordero,
Y por la palabra de su testimonio,
Y no amaron su vida hasta la muerte.
-¿Quién es ése? -dijo Marcelo.
-No le atiendas -dijo su compañero. Es el hermano Cina. Sus penas y dolores le han
vuelto loco. Su único hijo fue quemado en la pira al principio de la persecución, y desde
entonces él ha andado recorriendo la ciudad anunciando calamidades por venir. Hasta la fecha no
se habían cuidado de él; pero finalmente le han capturado.
-¿Y está prisionero aquí?
-Sí.
Y de nuevo la voz de Cina se dejó oír, espantosa, amenazante y terrible:
¿Hasta cuando, oh Señor, santo y verdadero, No vengarás Tú nuestra sangre de aquellos
que moran en la tierra?
-¡Este es, entonces, el hombre que yo oí en el capitolio!
-Sí, debe ser él, porque ha recorrido por toda la ciudad, y aun en el palacio, clamando y
pregonando eso mismo.
-Vamos.
Tomaron sus sacos y se encaminaron hacia las puertas. Después de una breve pausa, se
les permitió pasar. Y conforme salían, oyeron la voz de Cina en la distancia:
Caída es, caída es, Babilonia la grande,
Y ha venido a ser la morada de los demonios,
Y el depósito de todos los espíritus inmundos,
Y la jaula de toda clase de aves malignas e inmundas:
¡Salid de ella, pueblo mío!
Ninguno de ellos pronunció palabra alguna hasta que llegaron a suficiente distancia del
Coliseo.
Marcelo rompió el silencio. -Sentí un gran temor de que nos encerraran y no nos dejaran
salir más de allí.
El otro le contesto: -No sin razón sentiste aquel temor. El menor capricho repentino del
guarda podría ser nuestra sentencia de muerte inevitable. Pero, para ello debemos estar siempre
preparados. Pues en tiempos como estos, debemos estar dispuestos a afrontar la muerte en