Page 57 - El Mártir de las Catacumbas
P. 57

-Pero ellos están vigilando nuestra entrada principal -dijo Honorio.

                      -Entonces podemos hacer nuevas. Las grietas son innumerables.
                      -Ellos están ofreciendo recompensa por todos los hermanos prominentes.

                      -¿Y qué, pues. Cuidaremos a esos hermanos, guardándolos más que nunca.
                      -Nuestros medios de subsistencia están disminuyendo gradualmente.

                       -Pero hay, tantos osados y fieles corazones como siempre. Quién tiene temor de arriesgar
               su  vida  ahora.  Nunca  faltará  la  provisión  de  alimento  mientras  permanezcamos  en  las
               catacumbas. Pues si nosotros logramos escapar de la persecución, traeremos el auxilio a nuestros
               hermanos; y si morimos, recibiremos la corona del martirio.
                      -Tienes razón, Marcelo. Tu fe pone en vergüenza mis temores. ¿Cómo pueden temer a 1a
               muerte aquellos que viven en las catacumbas? Se trata solamente de unas tinieblas momentáneas
               y luego todo pasará. Pero en el día de hoy hemos oído decir mucho que hace desesperar nuestros
               corazones y ahoga nuestros espíritus hasta hacernos desmayar.

                      -Ay de mí -continuó Honorio con voz doliente-, cómo se ha diseminado la gente, y las
               asambleas  han  quedado  desoladas.  No  hace  sino  unos  pocos  meses  que  había  cincuenta
               asambleas cristianas dentro de la ciudad, en donde brillaba la luz de la verdad, y las voces de las
               oraciones y las alabanzas ascendían hasta el trono del Altísimo. Ahora han sido abatidas, y el
               pueblo ha sido dispersado y arrojado fuera de la vista de los hombres.
                      Hizo una breve pausa, vencido por la emoción, y luego con su voz baja y apesadumbrada
               repitió las palabras dolientes del Salmo ochenta:


                      Jehová, Dios de los ejércitos,

                      ¿Hasta cuándo humearás tú contra la oración de tu pueblo?
                      Dísteles a comer pan de lágrimas,
                      Y dísteles a beber lágrimas en gran abundancia.

                      Pusístenos por contienda a nuestros vecinos:
                      Y nuestros enemigos se burlan entre sí.

                      Oh Dios de los ejércitos, haznos tornar;
                      Y haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

                      Hiciste venir una vid de Egipto:
                      Echaste las gentes, y plantártela.

                      Limpiaste sitio delante de ella,
                      E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra.

                      Los montes fueron cubiertos de su sombra;
                      Y sus sarmientos como cedros de Dios.

                      Extendió sus vástagos hasta la mar,
   52   53   54   55   56   57   58   59   60   61   62