Page 59 - El Mártir de las Catacumbas
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Honorio dijo, -Marcelo, me has quitado mi tristeza con tus palabras; sobrepongámonos,
               pues, a nuestras dificultades terrenas. Vamos, hermanos, dejad a un lado vuestras cuitas. Pues
               este hermano recién nacido en el reino muestra tal fe que nosotros debemos emular. Miremos,
               pues, al gozo que nos ha sido propuesto. "Porque sabemos que si esta nuestra habitación terrena
               se disolviera, tenemos una mansión no hecha de manos, eterna en los cielos."

                      Y  continuó  diciendo,  -La  muerte  está  muy  cerca,  y  se  acerca  cada  vez  más.  Nuestros
               enemigos  nos  tienen  cercados,  y  el  cerco  es  cada  vez  más  estrecho.  Moriremos,  pues,  como
               cristianos.
                      Marcelo exclamó, -¿Por qué esos tristes presagios? ¿Acaso la muerte está más cerca que
               antes? ¿No estamos seguros en las catacumbas?

                      -¿No has sabido tú, entonces? Qué?
                      -¡De la muerte de Crisipo!

                      -¡Crisipo! ¡Muerto! ¡No! ¿Cómo? ¿Cuándo?
                      -Los soldados del emperador fueron guiados a las catacumbas por alguien que conocía la
               ruta. Penetraron al salón en donde se estaba celebrando el servicio de adoración. Eso fue en las
               catacumbas  allende  el  Tíber.  Los  hermanos  dieron  apresurada  alarma  y  huyeron.  Pero  el
               venerable hermano Crispo, bien sea a causa de extrema vejez, o por su resolución de sufrir el
               martirio, no quiso huir de los enemigos. Se limitó a arrodillarse y elevar su voz y vida en oración
               a  Dios.  Dos  asistentes  fieles  permanecieron  con  él.  Los  soldados  se  abalanzaron  sobre  él,  y
               mientras aún permanecía orando sobre sus rodillas, le golpearon hasta derramar sus sesos. Cayó
               muerto al primer golpe, y los dos hermanos rindieron también su vida al lado de él.

                      -Ellos han volado a unirse a aquel noble ejército de mártires. Ellos, pues, han sido fieles
               hasta la muerte, y recibirán la corona de vida, -dijo Marcelo con vivo entusiasmo.

               Pero en esos instantes fueron interrumpidos por un tumulto en el exterior. En el acto se pararon
               todos asustados.
                      -¡Los soldados! -exclamaron.

                      Pero no; no eran soldados. Era más bien un cristiano, un mensajero de ese hostil mundo
               exterior. Pálido y temblando se arrojó al suelo. Contorsionándose clamó como con sus últimos
               hálitos de vida:

                      La  presencia  de  este  hombre  produjo  un  efecto  extraordinariamente  aterrador  sobre
               Cecilia.  Ella  tambaleó,  cayendo  hacia  atrás  contra  la  pared,  temblorosa  desde  los  pies  a  la
               cabeza,  trabando  sus  manos  una  con  otra.  Sus  ojos  parecían  salírsele  al  mirar,  sus  labios  se
               contraían como si quisiera hablar, pero no se le oía el menor sonido.
                      -¡Habla! ¡Habla, hermano! ¡Dínoslo todo! -exclamó Honorio.

                      -¡Polio! -balbució el mensajero.
                      -Qué le ha pasado a él? -dijo vehementemente Marcelo.

                      -Ha sido capturado. ¡Está en prisión!
                      Oído aquello, un grito agudo de mortal amargura se difundió por todas las inmediaciones
               sembrando el terror. Era el grito de la hermana Cecilia, quien no tardó en caer al suelo.
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