Page 58 - El Mártir de las Catacumbas
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Y hasta el río sus mugrones.
Por qué aportillaste sus vallados,
Y la vendimian todos los que pasan por el camino?
Estropeóla el puerco montés,
Y pacióla la bestia del campo.
Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora:
Mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña,
Y la planta que plantó tu diestra,
Y el renuevo que para ti corroboraste.
Quemada a fuego está, asolada:
Perezcan por la reprensión de tu rostro.
-Tú estás triste, Honorio -dijo Marcelo-. Es verdad que nuestros sufrimientos aumentan
sobre nosotros; pero nosotros podemos ser más que vencedores por medio de Aquel que nos
amó. ¿Qué dice El?"
Al que venciere, daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de
Dios."
"Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que venciere, no recibirá
daño de la muerte segunda."
"A1 que venciere, daré a comer del maná escondido y le daré una piedrecita blanca, y en
la piedrecita un nuevo nombre escrito, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe."
"E1 que hubiere vencido y hubiere guardado mis obras hasta el fin, yo le daré potestad
sobre las gentes;. . . y le daré la estrella de la mañana."
"E1 que venciere, será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de
la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles."
"Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de Dios, y nunca más saldrá fuera; y
escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén,
la cual desciende del cielo de con mi Dios, y mi nombre nuevo."
"Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido,
y me he sentado con mi Padre en su trono."
A1 hablar Marcelo estas palabras, se irguió y sus ojos brillaron, y su rostro se enrojeció
de entusiasmo. Sus emociones fueron transmitidas a sus compañeros, y conforme caían estas
promesas una por una en sus oídos, ellos olvidaron por un momento sus penas y dolores bajo el
pensamiento de su cercana bienaventuranza. La nueva Jerusalén, las calles doradas, las palmas
de gloria, y los cantos del Cordero, el rostro de El que está sentado en el trono; todo ello se
hallaba realmente presente en sus mentes.