Page 61 - El Mártir de las Catacumbas
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-Yo temo que nuestros encuentros -dijo Marcelo tristemente-, no serán muy frecuentes de
               hoy en adelante. Este lo he procurado con grave riesgo de mi vida.
                      -Verdaderamente  es  así  -dijo  Lúculo,  compartiendo  la  tristeza  del  otro-.  Tú  estás
               perseguido con el más airado interés, pues se ofrece un rescate por ti. Con todo eso, aquí debes
               considerarte tan seguro como lo estuviste siempre en los días felices antes de que fueras poseído
               de aquella locura. ¡Oh, mi querido Marcelo! ¿Por qué no pueden volver otra vez aquellos días?
                      -No puedo cambiar mi naturaleza ni deshacer lo que he hecho. Además, Lúculo, aunque
               mi suerte pueda parecerte dura, jamás he sido tan feliz como lo soy actualmente.
                      -¡Feliz! -exclamó el otro con profunda sorpresa.

                      -Sí, Lúculo, aunque afligido, no he sido derribado; aunque perseguido, no desespero.
                      -La persecución ordenada por el emperador no es cosa ligera.

                      -Sí, eso yo lo sé bien. Yo veo ante ella a mis hermanos cada día. Cada día se estrecha más
               el cerco que me rodea. Cada momento me despido de amigos a quienes no vuelvo a ver más.
               Algunos compañeros suben a la ciudad, pero no regresan sino sus despojos. Vuelven allí para ser
               sepultados.
                      -Y con todo eso, ¿dices tú que estás feliz?

                      -Sí, Lúculo, tengo una paz que el mundo no conoce, una paz que viene de arriba y que
               sobrepuja todo entendimiento.
                      -Mi estimado Marcelo, a mi me consta que tú eres demasiado valiente para que le temas a
               la muerte; pero nunca pensé que tuvieras tal fortaleza para soportar con tan profunda calma todo
               lo que yo sé que debes estar sufriendo actualmente. O bien tu valor es superhumano, o es el valor
               que da la locura.

                      -Viene  de  arriba,  Lúculo.  Jesucristo,  mi  Señor,  es  para  mí  mucho  más  que  todas  las
               riquezas y el honor del mundo. Antes me era absolutamente imposible haberlo sentido así, pero
               ahora todas las cosas viejas han pasado, y he aquí, todas han sido hechas nuevas. Sostenido por
               este nuevo poder, yo podré soportar los peores de los males que puedan sobrevenirme. No espero
               nada en la tierra sino sufrimiento mientras aquí viva. Yo sé que moriré en la peor de las agonías.
               Con todo, ese pensamiento no es capaz de doblegar la indomable fe que mora dentro de mí.

                      -Me apena en el alma -dijo Lúcido tristemente-, verte persuadido de tal determinación.
               Pues si yo viera el más ligero signo de fluctuación en ti, tendría la esperanza de que el tiempo
               cambiaría o por lo menos modificaría tus sentimientos. Pero ya me convenzo que te hallas firme
               de modo inconmovible en tu nuevo camino.

                      -¡Quiera  Dios  concederme  que  pueda  permanecer  firme  hasta  el  fin!  -dijo  Marcelo
               fervorosamente-  Pero  la  verdad  es que  no  vine  a  hablarte  de mis  sentimientos.  Vine,  querido
               Lúculo, a pedir  tu  ayuda,  tu  conmiseración  y  auxilio.  Me  prometiste  una  vez  demostrarme tu
               amistad, si la necesitaba. Ahora vengo a pedirte que cumplas tu promesa.
                      -Todo lo que depende de mí es tuyo de antemano, Marcelo. Dime qué quieres.

                      -Tú tienes un prisionero.
                      -Sí, muchos.

                      -Este es un muchachuelo.
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