Page 66 - El Mártir de las Catacumbas
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-Es lo mismo que suelen decir todos ellos -dijo indiferente uno de los jueces-. Todos ellos
tienen la misma fórmula.
-¿Sabes tú cuál es la naturaleza de tu crimen?
-¡Yo no he cometido ningún crimen! -dijo otra vez Polio-. Mi fe me enseña a temer
solamente a Dios vivo y a honrar al emperador. Todas las leyes justas siempre las he obedecido.
No soy, pues, ningún traidor.
-Ser cristiano es ser. traidor.
-¡Cristiano, lo soy; pero traidor, no!
-La ley del estado te prohíbe ser cristiano, bajo pena de muerte. Pues, si tú eres cristiano,
debes morir.
-Yo soy cristiano -repitió Polio firmemente.
-Entonces debes morir.
-Amén. Así sea.
-Pero, muchacho, ¿sabes tú lo que es sufrir la muerte?
-De la muerte. ¡Ah! he visto demasiado de la muerte durante los pocos meses últimos. Y
siempre he estado a la expectativa del momento en que pueda ofrecer mi vida por mi Señor
resucitado, cuando mi turno llegase.
-Muchacho, tú eres muy pequeño. Nosotros te compadecemos por tu tierna edad y falta
de experiencia. Tú has sido instruido especialmente y en forma tan peculiar que apenas puedes
ser responsable de esta tu temeraria locura. Por todas estas consideraciones queremos hacerte
concesiones. Esta religión que te ciega neciamente es una necedad. Tú crees que un pobre judío,
que fuera crucificado hace doscientos años, es Dios. Hay por ventura algo más absurdo que esto?
Nuestra religión es la religión del estado. Tiene en sí lo suficiente para satisfacer las mentes de
los menores y de los adultos, de los ignorantes y de los sabios. Deja, pues, esa loca superstición y
vuelve a la religión más sabía y más antigua.
-Yo no puedo.
-Tú eres el último de una familia noble. El estado reconoce la dignidad y la nobleza de
los Servilii. Tus antepasados disfrutaron de pompa, de riqueza y de poder. Tú ahora eres un
mozuelo pobre y miserable y prisionero. Sé, pues, sabio, Polio. Piensa en la gloria de tus
antecesores y arroja a un lado el miserable obstáculo que te está segregando de toda la ilustrísima
fama de ellos.
-Yo no puedo.
-Has vivido como un reprobado miserable. El mendigo más pobre de Roma la pasa
mucho mejor que tú. Su alimento lo obtiene con menos afanes y menos humillación. Su refugio
se halla a la luz y al aire del día. Y sobre todo él siempre está seguro. Su vida es propia de él. El
no tiene necesidad de vivir en permanente temor de la justicia de Roma. Pero tú has tenido que
arrastrar una vida, la más miserable, siempre en necesidad apremiante, en peligro, en las tinie-
blas. Qué, pues, te ha dado tu ponderada religión? ¿Qué ha hecho por ti aquel judío deificado?
Nada. Y peor que nada. Vuélvete, pues, de en pos de este engañador. En cambio tendrás la