Page 69 - El Mártir de las Catacumbas
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-Tú has pronunciado tu propia sentencia mortal. Sacadlo de aquí, -dijo a continuación a
               los soldados que se hallaban presentes.


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               LA MUERTE DE POLIO

               Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de vida.


               LA SENTENCIA DE POLIO fue sumarísima e irrevocable. El día siguiente hubo espectáculo en
               el  Coliseo.  Lleno  hasta  los  asientos  del  tope  con  la  multitud  de  romanos  sedientos  de sangre
               humana, fue un despliegue de la misma sucesión de horrores repugnantes que anteriormente se
               ha descrito.
                      Nuevamente  los  gladiadores pelearon y se  mataran  unos a  otros, individualmente y  en
               masa.  Una  variedad  de  formas  de  combate  se  conocían  en  la  arena;  y  de  ellas,  las  que  más
               sufrimiento mortal infligían hallaban el mayor favor de los asistentes.
                       Otra  vez  se  presentaron  las  escenas  interminables  de  derramamiento  de  sangre  y  de
               agonía. Los feroces campeones del día recibieron las efímeras felicitaciones de los veleidosos
               espectadores.  De  nuevo  el  hombre peleó  contra  el  hombre, o libró aun más feroces combates
               contra el tigre. Se repitió la escena del gladiador herido que miraba lastimero impetrando mi-
               sericordia,  no  viendo  otro  signo  sino  el  de  muerte,  los  pulgares  de  los  crueles  espectadores
               vueltos hacia abajo.
                      Para saciar los apetitos de la multitud, ahora se demandaba una mayor y más desalmada
               matanza. Pues por aquel día no tenía atracción el mirar combates entre hombres cotejados. ¡Ah!
               Pero  ya  se  sabía  que  los  cristianos  habían  sido  reservados  para  cerrar  el  espectáculo,  y  la
               aparición de ellos se esperaba y se imponía impacientemente.
                      Lúculo estaba entre los guardas cerca del escaño del emperador. Mas su semblante, de
               alegre que era, se había tornado pensativo.
                      Mucho más arriba, en los asientos detrás de él, había un rostro severo y palidísimo que
               sobresalían entre todos, por la mirada concentrada hacia la arena que tenía. Ese rostro era preso
               de  una  expresión  de  ansiedad  tan  profunda  que  hacía  notable  contraste  con  todos  los  que  se
               encontraban reunidos en tan vasta asamblea.

                      De pronto se oyó el sonido del bronco rechinar de las rejas, y se vio saltar el primer tigre
               a la arena. Levantó la cabeza desafiante y se azotaba con su propia cola, acechando amenazante
               por todo el rededor, relumbrando sus feroces ojos sobre la enorme masa de seres humanos que
               colmaban el enorme anfiteatro.

                      No tardó en oírse un murmullo. Un muchacho fue arrojado a la arena.
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