Page 64 - El Mártir de las Catacumbas
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-Si yo mismo me presentara ante el emperador, él tendría que oír mi petición.

                      -El te pondría en prisión en el acto, y a ambos los haría matar.
                      -Yo podría enviar un mensaje con mi propuesta.

                      -El mensaje nunca llegaría a él; o al menos no llegaría hasta cuando ya fuera demasiado
               tarde.

                      -Entonces ¿no hay esperanza alguna? -dijo Marcelo tristemente.
                      -Absolutamente ninguna.

                      -¿Y en absoluto también te niegas a concederme mi petición?
                      -Ay, Marcelo ¿cómo podría hacerme responsable de la muerte de mi más querido amigo?
               Tú  no  tienes  misericordia  de  mí.  Perdóname  si  me  tengo  que  negar  a  aceptar  tu  temeraria
               propuesta.
                      -Hágase  la  voluntad  del  Señor,  mi  Dios  -dijo  amargamente  Marcelo-.  Debo,  pues,
               regresar a prisa. ¡Ay! cómo puedo yo presentarme con este mensaje de desesperación?
                      Los dos amigos se abrazaron en silencio y Marcelo partió, dejándolo a Lúculo agobiado
               con su asombrosa y temeraria propuesta.

               Marcelo regresó sano y salvo a las catacumbas. Los hermanos que allí estaban y que sabían de
               los propósitos con que había salido, le recibieron gozosos en medio de su dolor.

                      La señora Cecilia todavía yacía víctima de aquel sopor, consciente sólo a medias de los
               acontecimientos que se realizaban a su rededor. Había momentos que su mente divagaba. Y en
               su delirio solía conversar como si se hallara entre escenas felices de su vida pasada. Empero la
               vida de, las catacumbas, esas alternativas entre la esperanza y el temor, entre el gozo y la tristeza,
               entre esa ansiedad que siempre rodeaba a los refugiados y el aire por demás deprimente de aquel
               lugar en sí, habían llegado a abatirla tanto en su mente como en su cuerpo. Su frágil naturaleza
               sucumbía bajo la furia implacable de aquella ordalía, y este último, el más pesado y amargo de
               los golpes que caía sobre ella, había completado su postración. De los mortales efectos de todo
               esto, ya no podía recuperarse.
                      Aquella noche todos velaron y oraron alrededor de su camilla. Cada instante se debilitaba
               más, y, lenta pero seguramente, su vida se esfumaba, quedando sólo un fallecer prolongado. De
               aquel descenso tan real, ya ni aun la restitución de su hijo la podría salvar.
                      Pero  aunque  las  facultades  pensantes  y  terrenas  la  habían  dejado  y  los  sentimientos
               terrenales se habían debilitado, aquella pasión dominante en ella en sus últimos años en nada
               había  disminuido  en  su  poder  sobre  ella,  Sus  labios  helados  musitaban  todavía  las  palabras
               bienhechoras  que  tanto  tiempo  habían  sido  su  apoyo  e  inspirado  sus  actos.  El  nombre  de  su
               menor hijo querido lo balbuceaba como con los últimos hálitos, aunque inconsciente del peligro
               que lo rodeaba. Pero el nombre de Jesucristo era pronunciado con el fervor más profundo.
                      Sin  embargo,  hubo  de  llegar  el  momento  final.  Reaccionando  de  su  largo  período  de
               calma, sus ojos se abrieron brillantes e inmensos, un colorido de luz se posesionó de su rostro
               macilento, y de sus labios se oyeron débilmente las palabras: "¡Ven, Señor Jesús!"
                      Y con aquel clamor, la vida dejó el cuerpo, y el espíritu purificado de la señora, hermana
               Cecilia, había vuelto a Dios, quien lo dio.
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