Page 62 - El Mártir de las Catacumbas
P. 62
-Yo creo que el personal a mis órdenes capturó a un muchacho hace poco.
-Esta criatura es demasiado insignificante para merecer captura. El se halla bajo la ira del
emperador, pero todavía está en tu poder. Yo vengo, oh Lúculo, a implorarte por su libertad.
-Ay de mí, querido Marcelo, ¿qué es lo que pides? Acaso te has olvidado de la disciplina
del ejército romano, o del juramento militar? ¿No sabes bien tú que si yo hiciera esto, violaría el
juramento y me haría traidor? Si tú me pidieses que me arrojase sobre mi espada, yo haría eso
más fácilmente que esto que me dices.
-Yo no he olvidado el juramento militar ni la disciplina de la fuerza, Lúculo. Yo pensaba
en este menor, que apenas es un niño, y bien podría no considerársele como prisionero. ¿Acaso
los mandatos del emperador comprenden a los niños?
-El no hace distinción de edades. ¿No has visto niños tan menores como éste sufrir la
muerte en el Coliseo?
-Ay, sí lo he visto -dijo Marcelo, al volver sus pensamientos a las niñas cuyo canto de
muerte le impresionó, causándole tanta pena y al mismo tiempo le fue tan dulce al corazón-. Este
muchachito, entonces ¿también tiene que sufrir la muerte?
-Sí -dijo Lúcelo-, salvo que renuncie solemnemente al Cristianismo.
-Y eso jamás lo hará él.
-Entonces de inmediato se le aplicará la sentencia. Es la ley lo que lo hace y no yo,
Marcelo. Yo soy sólo el instrumento. No me avergüences, ni me lo imputes a mí.
-Yo no te estoy culpando. Yo sé muy bien lo severo que eres tú en la obediencia. Si tú
desempeñas tu puesto tienes que cumplir con tu deber. Empero, déjame hacerte otra propuesta.
El entregar prisioneros no es permitido, pero el canje sí es legal.
-Sí.
-Si yo te dijera de un prisionero mucho más importante que este muchacho, lo canjearías,
¿no es verdad?
-Pero no nos has tomado a ninguno de nosotros.
-No, pero tenemos potestad sobre todo nuestro pueblo. Y hay algunos de nosotros por
cuyas cabezas el emperador ha ofrecido una gran recompensa. Pues por la captura de éstos,
cientos de muchachos como éste serían gustosamente entregados.
-¿Es entonces costumbre entre los cristianos entregarse los unos a los otros? -preguntó
Lúculo sorprendido.
-No, pero algunas veces un cristiano ofrecerá su propia vida para salvar la del otro.
-¡Imposible!
-Tal es el caso en este ejemplo.
-Quién es el que se ofrece por este muchacho?
-¡Yo, Marcelo!
Ante esta asombrosa declaración Lúcelo retrocedió.