Page 68 - El Mártir de las Catacumbas
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-¡Ah! Sí debo sufrirlas, no me estremece. En lo peor de ellas cuento con mi Dios, y luego
               por siempre estaré con El.

                       -Estás poseído del fanatismo y de la superstición. No sabes tú qué es en realidad lo que te
               espera.  Es,  pues,  muy  fácil  hacer  frente  a  las  amenazas,  es  fácil  pronunciar  palabras  y  hacer
               alarde de valor. Pero qué será de ti cuando te veas frente a la terrible realidad?

                       -Pues miraré hacia Aquel que nunca abandona a los suyos en la hora de la prueba.
                       -¡El no ha hecho nada por ti hasta este momento!
                       -E1 ha hecho todo por mí. El dio su propia vida para que yo viva. Por El yo tengo una
               vida que es mis noble y que es eterna y que no se puede comparar con la que vosotros me quitáis.

                       -Eso no es sino un sueño tuyo. Cómo es posible que un judío miserable pueda hacer esto?
               -El es la plenitud de la divinidad, Dios manifestado en carne. El sufrió la muerte del cuerpo para
               que nosotros recibamos vida para el alma.
                       -Pero nada puede abrirte los ojos? ¿No te hasta que hasta ahora esa loca creencia no te ha
               traído nada más que miseria y dolor? ¿Vas a insistir en tu creencia? Ahora que ves que la muerte
               te es inevitable, ¿no vas a volverte de tus errores?
                       -El mismo me da fortaleza para vencer a la muerte. No la temo. La muerte para mí no es
               más que un sencillo paso de esta vida de dolor y de gemido a una bienaventuranza inmortal. Bien
               sea  que  yo  muera  devorado  por  las  fieras  salvajes  o  por  las  llamas,  dará  lo  mismo.  El  me
               fortalecerá para que pueda permanecerle fiel. E1 me sostendrá y llevar! mi espíritu en el mismo
               instante a la vida inmortal en los cielos. La muerte, que vosotros teméis y con la que me amena-
               záis,  no  tiene  terrores;  empero  la  vida,  esa  vida  a  que  me  invitáis,  tiene  consecuencias  más
               terribles que mil muertes en las llamas.
                       -Por última vez, muchacho, te damos una oportunidad. Nido temerario, cólmate y medita
               por un momento en tu necia carrera de insensatez. Prescinde por un instante de los dementes
               consejos de tus fanáticos maestros. Reflexiona en todo lo que se te ha dicho. Tienes todavía a tu
               disposición la vida, una vida llena de gozo y de placer, una vida rica en toda bendición. El honor,
               los amigos, la riqueza, el poder: todo es tuvo. Un nombre noble y las posesiones de tu familia te
               están esperando. ¡Todo eso es tuyo por herencia! Hoy para ganar estas cosas tú no tienes que
               hacer nada sino tomar esta copa y derramar su contenido en aquel altar. ¡Tómala, hijo! ¡Es el
               acto más sencillo, el que se te pide que hagas! ¡Resuélvete y ejecútalo! ¡Salva tu vida, sálvate a ti
               mismo de esa muerte angustiosa!
                       Todos los ojos de los presentes estaban clavados sobre Polio en el momento que se le
               hacía esta última oferta. Pues hasta aquí les había llenado de asombrosa admiración la firmeza en
               que se sostenía. Eso sobrepujaba el entendimiento de todos ellos.
                       Pero aun esta última instancia tan insidiosamente tentadora, no le causó el menor efecto.
               Pues el niño polio, con palidez en su rostro pero con fuego vehemente en el alma, hizo a un lado
               con firme serenidad la copa que le era propuesta.
                       -¡Jamás traicionaré a mi Salvador, que está a mi lado!
               Ante aquellas palabras se hizo una pausa momentánea. Y luego se oyó la voz del magistrado
               supremo de la justicia romana:
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