Page 55 - El Mártir de las Catacumbas
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emperador.  ¿Por  qué,  pues,  habéis  de  precipitaros  así  tan  locamente  a  la  muerte  -Nuestro
               Redentor murió por nosotros. Y por nuestra parte, no podemos menos que estar listos a morir por
               El. Y, puesto que El murió por su pueblo, nosotros también nos complacemos voluntariamente
               en imitarle, ofreciendo nuestras vidas por nuestros hermanos.

                       -Sois una gente divinamente maravillosa -exclamó aquel hombre al mismo tiempo que
               levantaba las manos en alto.
                       Llegó el momento en que Marcelo se tuvo que despedir, y luego partió llevando su carga.
               Las noticias habían sido tales que habían llenado y conmovido su mente y todo su ser.
                       "Así que Lúculo se ha hecho cargo de mi lugar," pensaba él, en su camino.

                       "¡Cómo quisiera saber si él se ha vuelto contra mí! ¿Pensará él ahora de mí como de su
               amigo Marcelo, o sencillamente como de un cristiano? Puede ser que lo descubra dentro de poco.
               Seria verdaderamente extraño que yo cayera en sus manos; y con todo, si yo fuese capturado,
               probablemente llegaría a estar cerca de él."

                       "Pero él tiene que cumplir con su deber de soldado ¿y por qué debería yo quejarme? Pues
               si él ha sido nombrado para ese puesto, no le queda otra alternativa que obedecer. Y él, como
               soldado, no puede tratarme de otro modo sino como enemigo del estado. El bien puede tenerme
               lástima, y 'aún amarme en su corazón de amigo, pero con todo no puede eximirse de cumplir con
               su deber."

                       "Puesto  que  se  ha  ofrecido  un  rescate  sobre  mi  cabeza,  ellos  tienen  que  redoblar  sus
               esfuerzos para dar conmigo. Creo, pues, que mi tiempo ha llegado. Debo estar preparado para
               hacer frente fielmente a lo que venga.

                       Sumido en estos pensamientos había recorrido la Vía Apia. Había estado tan envuelto en
               sus  meditaciones  que  no  se  dio  cuenta  de  una  multitud  de  gente  que  estaba  reunida  en  una
               esquina, hasta que estuvo en medio de ellos. Y repentinamente se encontró detenido.

                       -Oh, amigo -exclamó una voz ruda-, no te des tanta prisa. ¿Quién eres tú, y adónde vas?
                       -¡Deje  el  paso  libre!  -exclamó  Marcelo  en  tono  de  mando,  natural  en quien ha  tenido
               hábito de mandar y tener hombres a sus órdenes, indicándole al hombre que se apartara.
                       La multitud se sorprendió por cl modo autoritario y cl tono imperioso, pero el vocero de
               ellos se mostró más valiente.

               -¡Dinos quién eres o no pasas!
               A lo que Marcelo replicó, -Hombre, apártate a un lado. ¿No me conoces que soy pretoriano?
               Ante aquel nombre tan pavoroso como venerable, la multitud se abrió rápidamente, y Marcelo
               pasó por en medio de ellos. Pero apenas habíase alejado él unos cinco pasos, cuando una voz
               exclamó:
                       -¡Prendedle! ¡Es Marcelo, el cristiano!

                       La  multitud  también  vociferó  al  unísono.  Pero  Marcelo  no  esperó  mayor  advertencia.
               Arrojando la carga que llevaba, emprendió rauda fuga hacia el Tíber por una calle lateral. La
               multitud  íntegra  le  persiguió.  Era  una  carrera  de  vida  o  muerte.  Pero  Marcelo  había  sido
               entrenado en todo deporte atlético, y en segundos multiplicó la distancia que le separaba de sus
               perseguidores. Finalmente llegó al Tíber, y arrojándose a él nadó hasta el lado opuesto.
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