Page 51 - El Mártir de las Catacumbas
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               LA PERSECUCION

               La paciencia os es necesaria, para que después que hayáis hecho la voluntad de Dios, recibáis
               la promesa.

                       LA  PERSECUCIÓN  arreció  con  mayor  furia.  No  habían  transcurrido  sino  unas  pocas
               semanas desde que Marcelo vivía allí, cuando un mayor número había acudido en desesperada
               búsqueda  de  este  refugio  de  retiro.  Jamás  en  el  pasado  se  habían  congregado  tantos  en  las
               catacumbas.  Generalmente  las  autoridades  se  habían  contentado  con  los  cristianos  más
               prominentes,  y  en  consecuencia,  los  fugitivos  que  recurrían  a  las  catacumbas  componían esta
               clase. Fue en verdad la persecución más severa que les sobrevino esta vez, abarcándolos a todos,
               y solamente bajo el gobierno de unos pocos emperadores se había mostrado tal encarnizamiento
               indiscriminado.  Esta  vez  no  se  hacía  la  menor  distinción  de  clase  o  posición.  Pues  al  más
               humilde seguidor como al más eminente de los maestros, se les persiguió a muerte con la más
               encarnizada furia.
                       Hasta  esta  época  la  comunicación  con  la  ciudad  era  relativamente  fácil  para  los
               refugiados,  porque  los  cristianos  que  arriba  habían  quedado,  aunque  pobres  en  medios,  no
               descuidaban a los que estaban en las profundidades del escondite, ni olvidaban sus necesidades.
               Fácilmente, pues, se podía adquirir provisiones, y auxilio no faltaba. Pero llegó la hora en que
               precisamente aquellos en cuyo auxilio confiaban los fugitivos, también habían sido víctimas de
               la persecución y obligados a compartir su destino con sus hermanos de las grutas y tener ellos
               mismos que recibir caridad en vez de darla.

                       Con  todo,  su  situación  no  la  afrontaban  desesperándose.  Aun  en  esa  Roma  habíanse
               provisto  muchos  que  les  amaban  y  les  ayudaban,  no  obstante  no  ser  cristianos.  En  todo  gran
               movimiento, siempre habrá una considerable proporción de seres neutrales, los mismos que, bien
               sea por interés o por indiferencia, se mantienen al margen. Estas personas invariablemente se
               unirán  al  lado  más  fuerte,  y  cuando  el  peligro  amenaza,  suelen  soslayarlo  haciendo cualquier
               concesión.  Tal,  pues,  era  la  condición  en  que  se  hallaban  numerosos  romanos.  Ellos  tenían
               amigos y parientes a quienes amaban entre los cristianos y por quienes sentían la más cordial
               simpatía. Siempre se mantenían dispuestos a ayudarlos, pero desde luego, tenían la debida con-
               sideración de su propia seguridad para no llegar al extremo de jugarse su suerte juntamente con
               ellos. Seguían siendo cumplidos asistentes a los templos y a la adoración de los dioses paganos
               como antes, viniendo a ser así adherentes nominales de las viejas supersticiones oficiales. Estos
               fueron quienes proveyeron a las necesidades de la vida de los cristianos.
                       Pero ahora además, toda expedición que se intentara hacer a la ciudad se hallaba rodeada
               de mayores e inminentes peligros, y solamente los muy osados se atrevían a aventurarse. Pero
               ese profundamente arraigado desdén por el peligro y la muerte era tal, y eran tantos los que de él
               estaban inspirados, que jamás dejaron de ofrecerse espontáneamente los hombres para desafiar a
               la muerte en tan peligrosas empresas.

                       He allí las tareas peculiares para las que Marcelo se ofrecía entusiasta y gustoso dc poder
               hacer algo  por  sus  hermanos. La misma  valentía  y  perspicacia que le había elevado hasta los
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