Page 52 - El Mártir de las Catacumbas
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mismos altos rangos militares, ahora lo hacían descollar con todo éxito en estas sus nuevas
actividades.
Decenas de fieles eran capturadas y sacrificadas cada día. Los cristianos se encargaban de
la igualmente arriesgada tarea de recuperar sus despojos mortales para darles sepultura a su
modo. En esto no era tanto el peligro, ya que se relevaba a las autoridades de la molestia de
quemarlos y enterrar los cadáveres.
Un día llegaron noticias a la comunidad residente debajo de la Vía Apia que dos de los
suyos habían sido capturados y entregados a muerte. Marcelo juntamente con otros salieron con
la misión de recuperar sus cuerpos. Polio, aquel chiquillo con corazón de adulto, fue con ellos
por si hubieran menester sus servicios. Era el anochecer cuando llegaron a la puerta de la ciudad,
y las tinieblas no tardaron en cubrir sus desplazamientos. Pero no tardó en aparecer la luna a
iluminar el amplio escenario.
Se escurrieron abriéndose paso por las calles tenebrosas, hasta llegar finalmente al
Coliseo, el lugar de martirio de tantos de sus compañeros. Aquella enorme mole se elevaba
orgullosa delante de ellos, amplia, tenebrosa y severa, como el poder imperial que la había
construido. Multitudes de cuidadores, guardianes y gladiadores había dentro de sus puertas,
cuyos pasajes abovedados eran iluminados por el resplandor de las antorchas.
Los gladiadores sabían el motivo de su presencia, y les ordenaron rudamente que siguieran. Ellos
mismos los guiaron hasta que estuvieron en la arena. Allí se hallaban tirados numerosos cuerpos,
los últimos que habían sido muertos aquel día. Se hallaban cruelmente mutilados; algunos se
hallaban en condiciones tales que apenas se distinguía que eran seres humanos. Después de una
larga búsqueda, hallaron los dos a quienes buscaban. Esos cuerpos fueron seguidamente
colocados en grandes sacos, en los cuales se disponían a llevarlos.
Marcelo se detuvo a contemplar el escenario que le rodeaba. Se hallaba completamente
rodeado de macizas murallas que se elevaban por medio de numerosas terrazas en declive hasta
llegar al coronamiento en el círculo exterior. Su negra estructura parecía encerrarle con barreras
tales que él ya no podría franquear.
El pensaba: "¿Cuándo llegará también el día en que yo de la misma manera ocupe mi
puesto aquí, ofrendando mi vida por mi Salvador? ¿Seré fiel cuando llegue aquel momento? ¡Oh,
Señor Jesús, sostenme en aquella hora!"
Todavía la luna no había ascendido lo suficiente para que penetraran sus rayos dentro de
la arena. Allí en ese interior todo era oscuro y repulsivo. La búsqueda había tenido que hacerse
con antorchas prestadas de los guardianes.
En esos momentos Marcelo escuchó una voz profunda procedente de alguno de los arcos
posteriores. Sus tonos penetraron dentro del aire de la noche con claridad sorprendente, y se les
podía oír por encima de la ruda algarabía de los guardas:
Ahora ha venido la salvación y la fortaleza,
Y el reino de nuestro Dios,
Y el poder de su Cristo:
Porque el acusador de nuestros hermanos es arrojado,