Page 50 - El Mártir de las Catacumbas
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Espíritu Santo, que les abría los ojos y los conducía a ver la luz. He aquí la causa y la clave de la
               rápida diseminación del Cristianismo, la influencia divina real sobre la humana razón.
                      Marcelo  pues,  viviendo  la  vida  y  compartiendo  la  actividad  y  la  comunión  con  sus
               hermanos, no tardó en penetrar al fondo de sus esperanzas, sus temores y sus alegrías. La fe viva
               y  la  confianza  inquebrantable  de  ellos  se  comunicaban  a  su  corazón,  y  todas  las  gloriosas
               expectativas que los sostenían a todos ellos, no tardaron en llegar a ser el más efectivo solaz de
               su propia alma. La bendita Palabra de vida llegó a ser materia de su constante estudio y deleite y
               todas sus enseñazas hallaron en él su más ardiente y activo discípulo.
               Las reuniones más frecuentes por todas las catacumbas eran las de oración y alabanza. Habiendo
               sido  providencialmente  apartados de  las  ocupaciones  comunes  de  los  negocios  del  mundo, se
               dedicaban  por  entero  a  más  elevados  y  sublimes  objetivos  en  que  ponían  todo  su  empeño.
               Privados  aquí  como  se  hallaban  de  la  oportunidad  de  hacer  algún  esfuerzo  por  el  sostén  del
               cuerpo,  se  veían  constreñidos  a  dedicar  su  vida  íntegramente  al  cuidado  del  alma.  Y  ellos
               lograban con creces lo que buscaban. Pues la tierra, con sus cuidados afanosos y sus atracciones
               y sus miles de distracciones, había perdido sobre ellos todo influjo, dejándolos libres. Los cielos
               se les habían acercado; sus pensamientos y su lenguaje eran justamente los del reino. A ellos les
               complacía hablar y pensar en el gozo inconmensurable y digno que esperaba a los que fueren
               fieles hasta la muerte. Les deleitaba conversar y departir sobre aquellos hermanos que ya habían
               partido,  y  que  sola-mente  les  llevaban  la  delantera.  No  se  les  ocurría  siquiera  pensar  que  se
               hubieran  perdido.  Todo  ello  les  hacía  prever  el  momento  cuando  su  propia  partida  también
               llegaría.  Pero  por  sobre  todas  las  cosas,  ellos  miraban  mayormente  a  aquel  día  del  gran
               llamamiento final, que levantaría a los muertos, transformarían a los vivos, y traería alrededor de
               El a los comprados con sangre, a su pueblo lavado con su sangre, hasta ese lugar de encuentro en
               el aire; y esperaban el establecimiento del tribunal de Cristo, donde El otorgará recompensas por
               el servicio fiel (1 Tes. 4:13-18; 3:20,21; I Cor. 3).

                       Fue así como Marcelo vio estos lúgubres pasadizos subterráneos, no entregados para el
               silencio del sueño de los muertos, sino densamente poblados de miles de vivientes. Descoloridos,
               pálidos y oprimidos, hallaban aun en medio de estas tinieblas un destino mejor el que les podía
               esperar en la superficie. Su actividad vital animaba esta región de los muertos; el silencio de esos
               pasillos  era  interrumpido  por  el  sonido  de  las  humanas  voces.  La luz de  la  verdad,  la  virtud,
               ahuyentada de los aires saludables de arriba, florecía y se encendía con más puro y reluciente
               brillo en medio de estas tinieblas subterráneas. Los tiernos saludos de afecto, de la amistad, de la
               fraternidad y del amor, se cultivaban entre los desmoronantes restos de los que se habían ido.
               Aquí se mezclaban las lágrimas de duelo con la sangre de los mártires, y las manos cariñosas
               envolvían  en  sus  últimos sudarios los  pálidos  despojos.  En estas  grutas  las  almas  heroicas se
               erguían por encima del dolor. La esperanza y la fe sonreían gozosas, y señalaban con firmeza a
               "la brillante estrella de la mañana," y de los labios de quienes debían lamentar brotaban voces de
               alabanza.



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