Page 48 - El Mártir de las Catacumbas
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amargura,  habían  menester  ellos  buscar  escenas  o  pensamientos  que  pudieran  aliviarles  sus
               almas  e  inspirarles  con  nuevas  fuerzas  para  el  futuro,  pues  no  podían  ellos  haber  encontrado
               otros objetos más acertados en que inspirarse, de tanto valor y de tan bien fundado consuelo.
                      Tales eran los ornamentos de las capillas. Pues los únicos muebles que contenían era una
               sencilla mesa de madera, sobre la cual se colocaba el pan y el vino de la Cena del Señor, los
               símbolos del cuerpo y de la sangre de su Señor crucificado.
                      La cristiandad llevaba largo tiempo de lucha, y esta era una lucha contra la corrupción.
               Por  consiguiente,  no  debe  considerarse  extraño  si  la  iglesia  contrajo  algunas  señales  de  su
               contacto demasiado estrecho con su enemigo, o si ella llevó algunas de aquellas señales hasta allí
               a su lugar de refugio. Empero, si ellos practicaban algunas variaciones con relación al modelo
               apostólico,  éstas  eran  muy  triviales,  y  todas  podían  pasarse  por  desapercibidas,  si  no  fuera
               porque  ellas  abrieron  el  paso  para  otras  mayores.  Con  todo  ello,  las  doctrinas  esenciales  del
               Cristianismo no sufrieron la menor contaminación, ni cambio alguno. El pecado del hombre, la
               misericordia del Padre, la expiación del Hijo, la unción del Espíritu Santo, la salvación por la fe
               en el Redentor, el valor de su preciosa sangre, su resurrección física, la bienaventurada esperanza
               de su regreso: todas estas verdades fundamentales eran para ellos de tanta estima y las guardaban
               con  tanto  fervor  y  energía,  que  no  alcanza  el  mero  lenguaje  a  hacer  el  tributo  de  la  debida
               justicia.

               De ellos era aquella esperanza celestial, el anda del alma, tan fuerte y tan segura que la tormenta
               de la del imperio fracasó en su empeño de derribarlos de Roca de los siglos en la cual ellos se
               hallaban refugiados.
                      De  ellos  era  aquella  excelsa  fe  que  les  sostuvo  frente  a  las  pruebas  más  duras.  En  el
               hombre Cristo Jesús, glorificado a la diestra de Dios, era en quien reposaba su fe y su esperanza,
               y  en  nada  ni  nadie  más.  La  fe  en  El  era  todo.  Era  el  mismo  hálito  de  la  vida,  la  respiración
               normal de ellos, tan real que les sostuvo en la hora de los crueles sacrificios, tan duradera que
               aun cuando parecía que todos los seguidores se habían desvanecido de la tierra, ellos con todo
               podían mirar a las alturas y esperar en El.

               De ellos era la plenitud de aquel amor que definió Cristo cuando estaba en la tierra, diciendo que
               era el resumen de la ley y los profetas. Era desconocida en aquellos días la lucha sectaria y las
               amarguras denominacionales. Es que ellos tenían un grande enemigo general contra quien luchar,
               y  ¿cómo  habían  de  altercar  unos  con  otros?  Allí  se  cultivaba  el  amor  al  semejante,  que  no
               conocía distinción de raza o clase, sino que abrazaba a toda la inmensa circunferencia, de tal
               manera que uno podía poner su vida por su hermano. Allí, pues, el amor de Dios, derramado
               copiosamente en el corazón por el Espíritu Santo, no temía llegar hasta el sacrificio de la misma
               vida. La persecución, que les rodeaba como león rugiente, les fortaleció en su celo, fe y amor que
               alumbraban brillantemente en medio de las tinieblas de la edad. Su número se contaba a los que
               eran verdaderos y sinceros. Era el me antídoto de la hipocresía. Al valiente le investía mas osado
               heroísmo, y al temeroso le inspiraba con valor y devoción. Ellos vivieron en una época en la ser
               cristiano era arriesgar la vida misma. Ellos no retrocedían ni vacilaban, sino que atrevidamente
               proclamaban  su  fe  y  aceptaban  las  consecuencias.  Ellos  trazaban  una  línea  divisoria
               perfectamente  visible  entre  ellos  y  el  mundo,  y  se  mantenían  valientemente  en  su  puesto.  La
               sencilla pronunciación de unas cuantas palabras, la ejecución de un acto sencillo, bastaría para
               salvar de la muerte; pero la lengua se negaba a pronunciar la fórmula de la idolatría, y la mano
               firme  rehusaba  hacer  el  derramamiento  de  la  libación.  Las  doctrinas  vitales  del  Cristianismo
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