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sencilla con cuestionarios en Google forms que ofrecen un análisis
automático de las respuestas de elección entre múltiples opciones. En clase
podemos mostrar y discutir los resultados de este análisis o podemos
reiterar una selección de las preguntas más falladas por los alumnos y
discutir sobre ellas al modo del peer instruction (intercalando respuesta
individual a cada pregunta con discusión entre parejas de alumnos y
explicaciones del profesor) o del TBL (respondiendo a una serie de
preguntas, primero individualmente, después en grupo y realizando al final
una discusión general).
Alternativamente, si creamos bancos de preguntas en el LMS y lo
configuramos para que creen pruebas, escogiendo distintos subconjuntos
de preguntas, barajando el orden de las preguntas e incluso el orden de las
respuestas, podemos establecer un sistema de evaluación formativa más
fiable que desincentive el copiar las respuestas de otros compañeros y en el
que cada alumno pueda presentarse varias veces.
La superación de la evaluación formativa debe establecerse en un nivel
de acierto elevado, como del 80%, que corresponde a la maestría en la
comprensión de los conceptos tratados y se puede dar alguna bonificación
de calificación a los alumnos que consigan superarla para animarles a
hacerlo. El problema es que pese a que tomemos estas precauciones, en
este caso, la tecnología favorece el trampeo, y hoy en día, los alumnos
revientan estos bancos de preguntas a base de presentarse varias veces,
copiar las preguntas a pantallazos o con captura de vídeo y así crearse sus
propios bancos de preguntas, que incluso llegan a compartir entre
asociaciones de alumnos, como hacen con los exámenes. El problema es
que si los alumnos tienen conocimiento previo de las preguntas con las que
pueden ser evaluados pueden aprenderse las respuestas correctas de
memoria y, por tanto, los resultados de nuestra evaluación no reflejarán el
nivel de comprensión, sino otra cosa bien distinta, la memorización de
respuestas a preguntas ya conocidas.
Estas preguntas estimulan y comprueban la realización del estudio
previo y, además, pueden proporcionar feedback automático a los alumnos
sobre sus propios errores. Sirven al profesor para saber qué es lo que han
comprendido los alumnos. El profesor puede usar la información sobre las
preguntas que más fallan los alumnos para trabajar con ellas en clase y
discutir con ellos la justificación de las distintas respuestas y, de esta
manera, poner en evidencia las concepciones erróneas de los alumnos en la
clase.
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