Page 259 - El Misterio de Salem's Lot
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Al ver la expresión entre asqueada y amilanada de Susan, le tomó la mano. Su
           autodominio resultaba desconcertante.
               —Escucha,  es  necesario.  Apostaría  a  que  después  de  anoche  se  adueñó  de  la

           mitad del pueblo. Y si seguimos esperando se lo apropiará por completo. Todo será
           muy rápido.
               —¿Después de anoche?

               —Lo soñé. —Mark habló con voz calma, pero sus ojos eran sombríos—. Soñé
           que  iban  a  las  casas  y  llamaban  por  el  interfono  pidiendo  que  les  dejaran  entrar.
           Alguna  gente  lo  sabía,  en  lo  más  hondo  de  sí  lo  sabían,  pero  los  dejaban  entrar,

           porque eso era más fácil que pensar que algo tan espantoso pudiera ser real.
               —No es más que un sueño —repuso Susan con inquietud.
               —Apuesto a que en este momento hay un montón de gente que está en la cama

           con  las  cortinas  cerradas  o  las  persianas  bajadas,  creyendo  que  han  pillado  un
           resfriado  o  la  gripe  o  algo  parecido.  Que  se  sienten  débiles  y  no  tienen  ganas  de

           comer. Con sólo pensar en comer, ya les entran ganas de vomitar.
               —¿Cómo sabes esto?
               —Porque leo revistas de monstruos y voy al cine siempre que puedo —explicó
           Mark—. Por lo general, a mamá tengo que decirle que dan alguna de Walt Disney. Y

           en todo éso se puede confiar. A veces exageran las cosas para que la historia resulte
           más truculenta.

               Estaban al lado de la casa. Vaya grupo que formamos los creyentes, pensó Susan.
           Un  viejo  profesor  medio  chiflado  por  los  libros,  un  escritor  obsesionado  por  las
           pesadillas  de  su  infancia,  un  chiquillo  doctorado  en  vampirología.  Y  yo.  Pero
           ¿realmente creo? ¿Se me están contagiando las fantasías paranoides?

               Susan creía.
               Como  había  dicho  Mark,  a  esa  distancia  de  la  casa  no  era  posible  tomarse  el

           asunto en broma. Todos los procesos de pensamiento, el acto mismo de conversar,
           tenían  lugar  en  el  marco  de  una  voz  más  fundamental  que  no  dejaba  de  gritar
           «¡peligro! ¡Peligro!» en un idioma ajeno a las palabras. Sentía tensión y pesadez en
           los ríñones. Sus ojos habían adquirido una agudeza preternatural, a la que no se le

           escapaba una astilla ni una mancha que hubiera en el muro de la casa. Y para que
           todo eso se desencadenara no había hecho falta ningún estímulo externo: ni hombres

           armados, ni perros amenazantes, ni indicios de fuego. Un vigía más profundo que sus
           cinco sentidos había despertado tras un largo período de sueño, y no había manera de
           ignorarlo.

               Susan espió por una abertura que había en uno de los postigos de abajo.
               —Pero cómo es posible que no hayan hecho nada —comentó casi enfadada—. Es
           una roña.

               —Déjame ver.




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