Page 43 - LIBRO ERNESTO
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Capítulo 1



               Es un recuerdo triste y deprimente. Ibamos al reparto de 2 a 5 de la tarde
               y mi abuelita nos recalcaba que éramos seres privilegiados, observando
               el cuadro de tristeza que se vivía en el hospital. Nos decía que había que
               agradecerle a Dios, por las bendiciones que sin ser merecedores nos
               extendía gratuitamente.


               Otro recuerdo es el sepelio de mi abuelo paterno. La costumbre era
               velarles en las casas. Mis abuelitos tenían la suya en la Caldas frente
               al mercado de San Blas. En esa época contrataron los servicios de la
               Funeraria Nacional que hasta ahora existe. Fueron y colocaron unas
               cortinas negras en la sala donde se velaba al difunto. Al siguiente día
               vino una carroza tirada por ocho caballos, en la que pusieron el ataúd.
               Detrás iban tres padres rezando responsos. Los acompañantes llenaban
               unas tres cuadras, todos iban a pie hasta la iglesia de San Francisco
               donde se realizó la misa de honras. De ahí la caravana fúnebre siguió
               hasta el cementerio de San Diego. Todo este extenso recorrido se
               realizó a pié. Fue en el año 1945.

               En 1949, cuando falleció mi abuelita paterna, partimos de la misma
               casa, pero ya había una diferencia: el ataúd se trasladó en una carreta
               motorizada. Realizaron el mismo recorrido, pero algunos de los
               acompañantes al entierro fueron en taxis de la Plaza del Teatro que
               eran contratados por los deudos.


               En la Plaza del Teatro, el rincón que más quiero en este mundo, conocí
               la convivencia y las casas con inquilinos. A familias que tenían hijos
               contemporáneos a mi edad, donde no existían diferencias ni de raza,
               ni de color, ni de estrato social. Aprendí a vivir en libertad. Aprendí a
               competir en los juegos infantiles que eran hermosos y que lo afrontaba
               con mentalidad ganadora.

               Había escaso movimiento de tránsito en la Plaza del Teatro y eso nos
               permitía jugar a placer a ‘los cachacos’, ‘al sin que te roce’, ‘al primo’,
               ‘al pan quemado’, ‘a las escondidas’ y a ‘los huevos de gato’. Estas
               distracciones llenaban nuestras horas y nos hacían muy felices. La
               ingenuidad propia de la edad, era un elemento que nuestros padres



                                                Memorias de un triunfador   43
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