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que tenía que expiar el pecado que había cometido con su hijo Radheya y que estaba
totalmente decidida a irse al bosque, así que tuvieron que permitirle que se fuera. Pero
eso no fue todo, también Vidura y Sanjaya decidieron acompañar a los ancianos y
retirarse con ellos.
A la mañana siguiente, Dhritarashtra acompañado por Gandhari, Kunti, Vidura y
Sanjaya emprendieron la marcha hacia el bosque, mientras los ciudadanos de Hastina-
pura lamentaban la separación de seres tan queridos como ellos. A los pandavas no les
gustaba nada que los ancianos se fueran al bosque y con mucha tristeza en sus corazones
se despidieron de ellos y regresaron al palacio que ahora parecía vacío. Tenerse que
separar de su madre había sido para los pandavas un duro golpe.
Dhritarashtra primero se dirigió hacia las orillas del Ganges y de allí luego se encam-
inó hacia el ashram de Vyasa, donde fijaron su residencia tratando de aliviar la pena que
sentían en sus corazones escuchando las pláticas de los rishis que allí vivían.
A Yudhisthira le resultaba muy difícil soportar la separación de su madre, y lo mismo
le ocurría a Shadeva, hasta que por fin, pasado un tiempo, un día decidieron ir al bosque
para visitar a su madre y a todos los demás.
Fue un viaje muy agradable y pronto llegaron al ashram donde todos estaban re-
sidiendo. Justo cuando llegaban los pandavas, los ancianos regresaban de las orillas
del río. Shadeva echó a correr hacia Kunti y se postró a sus pies, ella se sintió muy
feliz de ver a su hijo favorito. Todos entraron y se sentaron dentro del ashram, pasaron
unos momentos sin que nadie pudiera hablar. Luego comenzaron a contar lo que había
sucedido en la ciudad durante la ausencia de los ancianos. De repente, Yudhisthira miró
alrededor y dijo:
—¿Dónde está mi tío? ¿dónde está Vidura?
Le dijeron que Vidura estaba haciendo penitencia y que se había ido a vivir al corazón
del bosque alimentándose sólo de aire y que muy rara vez iba por allí. Alguien le había
visto desde lejos hacía un tiempo y le indicó a Yudhisthira más o menos dónde podía
estar.
Yudhisthira fue hacia el lugar donde se suponía que estaba Vidura y allí le encontró,
pero no era el Vidura de siempre. Su cuerpo no era más que un montón de huesos y
estaba a punto de desfallecer. Sus ojos estaban brillando con una extraña intensidad.
Yudhisthira se acercó y le dijo:
—Soy Yudhisthira, mi señor. Por favor, háblame.
Era obvio que Vidura no podía hablar, estaba de pie apoyado contra un árbol. Yu-
dhisthira se sentía como obligado a mirar fijo a los ojos de Vidura. Los ojos de Vidura
ardían mientras fijaba su mirada dentro de los de Yudhisthira. Los cuatro ojos se habían
quedado fijos durante un tiempo, como atrapados en una intensa mirada. Yudhisthira