Page 84 - Tratado sobre las almas errantes
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Sección 3
Los niños que mueren sin bautismo
Reflexiones acerca del intermediacionismo y la suerte eterna de los niños
sin uso de razón que mueren sin bautizar
El II Concilio de Lyón afirma: [Credimus] illorum autem animas, qui in mortali peccato vel
cum solo originali decedunt, mox in infernum descendere, poenis tamen disparibus puniendas 203 .
La suerte de los niños sin bautizar quizá pueda ser un quebradero para la Teología, pero resulta una
tabla de salvación para la tesis intermediacionista. Cuando los católicos, hoy día, leen este texto del
II Concilio de Lyon muy frecuentemente se escandalizan. Es lógico, aquellos teólogos tenían una
visión estricta, dura y legalista de la salvación.
Ahora bien, debemos recordar que el mero hecho de existir no nos otorga derecho a la visión
beatífica. Si eso fuera así, Dios podría haber decretado que todos, tras ser creados, pasáramos
directamente a la bienaventuranza, sin tener que atravesar las penalidades de esta vida presente. Si
los goces del Cielo fueran iguales para todos, ¿para qué pasar a través de los sufrimientos de la
vida?
Pero la vida sobre la tierra se nos otorga, para desarrollar nuestra alma, para hacer crecer las
virtudes, para que pueda crecer el amor a Dios. Nivel de amor que será el mismo que esencialmente
mantengamos en la eternidad. Purificado, perfeccionado, pero esencialmente el mismo. Si la vida
no tuviera como fin desarrollar el amor a Dios y las virtudes, ¿para qué sufrir como viadores,
pudiendo entrar en la felicidad directamente, ahorrándonos el destierro sobre a tierra? Pero la
prueba (tanto para los ángeles como para los humanos) es necesaria para que cada uno determine su
nivel de amor a través de las propias decisiones. Y el nivel de amor es lo que determinará nuestro
nivel de felicidad. El objeto de la felicidad en el Cielo es el mismo para todos, exactamente el
mismo: Dios. Pero, siendo el mismo premio, cada uno gozará según su amor y virtudes, según su
propia personalidad y psicología. Y en eso sí que hay grados, no puede ser de otra manera.
Si Dios nos hubiera podido ahorrar el sufrimiento de la tierra, lo hubiera hecho. Él no se
complace en que suframos. Pero para que apareciera el amor en nosotros y aumentara este amor
hasta llegar a ser ardiente, para que se desarrollaran las virtudes, no había otro remedio. Dios puede
crear universos con su sola voluntad. Pero para que aparezca el amor, tiene que crear un ser
inteligente y darle libertad. No hay otra forma. Una vez que otorgas inteligencia y libertad, el amor
puede desarrollarse y crecer.
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II CONCILIO DE LYON, Sesión 4, (6 de julio de 1274): Profesión de fe del emperador Miguel Paleólogo. DH
858.
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