Page 220 - El Misterio de Belicena Villca
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Colonna, patrono de la Orden de los Franciscanos Espirituales, y su sobrino,
Pedro Colonna. El hermano mayor de Pedro, Juan Colonna, en el mismo período,
fue Senador y Gobernador de Roma. Ocioso es decir que esta familia constituía
un Clan poderoso, que formaba partido con otros Señores, Caballeros y Obispos;
tal partido se hallaba enfrentado, con mucha fuerza, contra el segundo Clan
importante, el de los Orsini o Ursinos, quienes eran decididamente güelfos y
estaban controlados por los Golen. Ambos grupos dominaban a los restantes
Cardenales que debían decidir en la elección papal; hasta ese momento, las
posiciones se hallaban empatadas, optando los Colonna por trabar todos los
intentos de los Golen y proponer, a su vez, a miembros de su propio Clan.
Pero la Iglesia Católica era en esa Epoca, una organización extendida por
todo el Orbe, poseedora de miles de Iglesias y Señoríos vasallos que canalizaban
hacia Roma cuantiosas sumas de dinero y valiosas mercancías; su
administración no podía quedar mucho tiempo a la deriva. Así las cosas, luego de
dos años y tres meses de discusiones, la situación se tornó lo suficientemente
insostenible como para exigir la elección sin más dilaciones. Entonces, visto que
no iba a surgir acuerdo para nombrar Papa alguno de los Cardenales presentes,
se conviene en designar a un no purpurado. Los dos grupos piensan en un
testaferro, un Papa débil cuya voluntad pueda ser dirigida en secreto. Y entonces,
el 5 de Julio de 1294, se alcanza la unanimidad de los votos, optando todos por
Pedro de Murrone, un Santo ermitaño de ochenta y cinco años que vivía retirado
en una caverna de los Abruzos.
Los Franciscanos Espirituales, dirigidos por Jacobo Colonna, habían
retomado la antigua tradición monástica inspirados en la Regla de San Francisco
y en la visión apocalíptica de Joaquín de Fiore. Treinta años antes, Pedro era
guía de varias comunidades de Franciscanos Espirituales, mas, no satisfecho
aún con el extremo rigor de la Orden, fundó la suya propia, que luego sería
recordada como la “Orden de los Celestinos”. Sin embargo, pese a que los
monasterios Celestinos se extendían continuamente por la región de los Abruzos
y la Italia meridional, Pedro se había retirado a una cueva del Monte Murrone
para dedicarse a la vida contemplativa; se hallaba en aquel retiro cuando tuvo
noticias de su nombramiento para el cargo de Papa: dudaba sobre la
conveniencia de aceptar pero fue convencido por Carlos II el Cojo, hijo de Carlos
de Anjou, quien, liberado de la prisión catalana reinaba entonces en Nápoles. Al
fin, Pedro aceptó la investidura papal y tomó el nombre de Celestino V: toda la
cristiandad saludó alborozada la entronización del Santo, de quien esperaban
que pusiese freno al materialismo y la inmoralidad reinante en la jerarquía
eclesiástica y abriese la Iglesia a una reforma espiritual. Se entiende pues, que
para los Colonna, y para Felipe IV, aquella elección tuviese sabor a triunfo.
Pero Pedro de Murrone carecía de toda instrucción y de los conocimientos
necesarios para administrar una institución de las dimensiones de la Iglesia
Católica; su única experiencia de gobierno provenía de la conducción de
pequeñas comunidades de Frailes. Además, al Santo no le interesaban esos
asuntos mundanos sino las cuestiones relativas a la religión práctica: la
evangelización, la oración, la salvación del Alma. Delegó, así, en los Cardenales,
y en un grupo de Obispos legistas, las cuestiones temporales, formándose un
entorno corrupto e interesado que en cuatro meses sumió a la Iglesia en un gran
desorden económico.
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