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temblaba de exaltación. Más tarde pensaría que esas tres horas en la oscuridad,
junto a Beverly, habían sido las más largas y las más cortas de su vida.
Richie, sin saber que Ben estaba en la afiladas garras del primer amor, se sentía
de maravillas. Para él había pocas cosas mejores que un par de películas de terror
en un cine lleno de chicos que chillaban y gritaban en las escenas sanguinarias.
Por cierto, no relacionó ninguno de los sucesos de esas dos películas baratas con
lo que estaba pasando en la ciudad... al menos, no por el momento.
El viernes por la mañana había visto el anuncio de "Doble terror en sábado
matiné" publicado en el News y casi de inmediato olvidó lo mal que había dormido
la noche anterior... hasta que había tenido que levantarse a encender la luz del
armario, cosa de chiquillos, sin duda, pero hasta entonces no había podido pegar
un ojo. Sin embargo, a la mañana siguiente las cosas parecían otra vez
normales... o casi. Empezaba a pensar que tal vez él y Bill habían compartido la
misma alucinación. Claro que los cortes en los dedos de Bill no eran
alucinaciones; o tal vez se los había hecho con las hojas del álbum. Era papel
grueso. Podía ser. Tal vez. Además, ¿quién los obligaba a pasarse los diez años
siguientes pensando en eso? Nadie.
Por lo tanto, tras una experiencia que habría puesto a cualquier adulto a la
búsqueda del psiquiatra más cercano, Richie Tozier se levantó, desayunó con
tortitas, vio el anuncio de las dos películas de terror, revisó sus fondos, descubrió
que estaban un poco escasos (tal vez "inexistentes" sería la palabra más
adecuada) y empezó a fastidiar a su padre pidiéndole tareas para hacer.
El padre, que había bajado a la cocina con la bata de dentista ya puesta, dejó el
suplemento de deportes y se sirvió la segunda taza de café. Era un hombre de
aspecto agradable y facciones delgadas. Llevaba gafas con montura de acero,
estaba quedándose calvo por atrás y moriría de cáncer de laringe en 1973. Miró el
aviso que Richie señalaba.
--Películas de terror -dijo Wentworth Tozier.
--Sí -confirmó Richie, sonriente.
--Y crees que no puedes perdértelas.
--¡Sí!
--Probablemente morirías de desilusión si no vieras esas dos basuras.
--¡Sí, sí, en efecto! ¡Estoy seguro! ¡Grauag! -Richie cayó de la silla al suelo
apretándose el cuello con la lengua afuera. Era su modo de poner en marcha su
encanto.
--Oh, Dios, Richie, ¿por qué no dejas de hacer eso? -pidió la madre, que estaba
friéndole un par de huevos para completar las tortitas.
--Vaya, Richie -dijo el padre, mientras el chico volvía a su silla-, el lunes te di tu
asignación. Y hoy, viernes, necesitas más dinero.
--Bueno...
--¿Qué ha sido de la asignación?
Richie adoptó la voz de Toodles, el mayordomo inglés.
--Vaya, la gasté, qué te parece, jefe. Fue mi contribución al esfuerzo de guerra.
Todos debemos combatir a los sanguinarios hunos, cada uno a su modo, ¿no?
Qué terrible, ¿eh-wot? Qué cosa espantosa, ¿wotwot? Qué cosa...
--Eres un descarado -dijo Went, amistosamente, mientras cogía la mermelada
de frambuesa.