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Steve, más furioso que nunca. A esas alturas no serviría de nada hablar con él, no
conseguiría más que empeorar las cosas. Deslizó hacia la derecha la llave que el
aparato tenía a un lado y la llamada enmudeció en medio de un timbrazo.
Subió la escalera, sacó,dos maletas del armario y las llenó echando apenas una
mirada al montón de ropa: vaqueros, camisas, ropa interior, calcetines. Sólo
después descubriría que había llevado sólo ropa de niño. Transportó las maletas a
la planta baja.
En la pared del comedor había una fotografía del Gran Sur, en blanco y negro,
tomada por Ansel Adams Rich la hizo girar sobre los goznes ocultos poniendo al
descubierto una gran caja de hierro. Después de abrirla, rebuscó entre los papeles
de la casa, cómodamente instalada en diez hectáreas de bosque en Idaho y un
manojo de acciones. Había comprado las acciones aparentemente al azar (su
corredor de Bolsa se agarraba la cabeza cuando lo veía llegar), pero todas habían
subido con el correr de los años. A veces le sorprendía que fuera casi rico. Todo
por cortesía del rock and roll... y de su voz, por supuesto.
Una casa, bosque, acciones, póliza de seguro y hasta una copia de su último
testamento. "Las ligaduras que te sujetan al mapa de tu vida", pensó.
Sintió un impulso, súbito y salvaje, de coger el encendedor y prender fuego a
toda esa basura de por la presente y por lo tanto y el portador de este certificado...
Y bien podía hacerlo: los papeles de su caja fuerte habían perdido, de pronto, todo
significado.
En ese momento le embargó el primer terror auténtico, y no tenía nada de
sobrenatural. Era sólo la súbita conciencia de que resultaba muy fácil acabar con
la propia vida. Eso no daba tanto miedo. Simplemente, se acercaba el ventilador a
lo que se había recolectado durante años y se lo encendía. Fácil. Era cuestión de
quemarla o aventarla y luego lanzarse a la carretera.
Detrás de los papeles, que eran sólo primos segundos del efectivo, estaba el
efectivo de verdad. Cuatro mil dólares en billetes de a diez, veinte y cincuenta.
Al cogerlo se preguntó si acaso había sabido lo que estaba haciendo al poner
allí el dinero: cincuenta un mes, ciento veinte el siguiente, a lo mejor sólo diez el
próximo. Dinero de viejo escondido en los agujeros de las ratas.
"Increíble, tío", se dijo, notando apenas su propia voz. Tenía los ojos perdidos en
la playa que se veía por el ventanal. Estaba desierta, los chicos del surfing se
habían marchado; la pareja supuestamente de luna de miel, también.
"Pues sí, doctor, ahora lo recuerdo todo. ¿Recuerda a Stanley Uris, por
ejemplo? Puede apostar su pellejo... ¿Recuerda cómo solíamos decir eso
creyendo que era el gran chiste? Los gamberros le llamaban Stanley Urina. ¡Eh,
Urina! ¡Eh, maldito asesino de Cristo! ¿Adónde vas? ¿A que uno de tus amigos
maricones te la chupe?"
Cerró la caja fuerte con violencia y volvió a dejar el cuadro en su sitio de un
manotazo. ¿Cuánto tiempo hacía que no pensaba en Stanley Uris? Rich se había
marchado de Derry con su familia en la primavera de 1960 y qué pronto se habían
desvanecido todas aquellas caras, su pandilla, ese triste puñado de perdedores
con su caseta en lo que se llamaba entonces Los Barrens, "Barrens, en inglés,
significa áridos, yermos" gracioso nombre para un lugar de tan lujuriosa
vegetación. Fingiéndose exploradores en la selva o marines luchando en los
archipiélagos del Pacífico tomados por los japoneses, fingiéndose constructores